sábado, octubre 13, 2012

Estados judíos de Norteamérica: La Nueva Jerusalén


Respuesta al falasha Barack Obama con motivo de su discurso ante el Comité Israelita.

Editó: Lic. Gabriel Pautasso


Por el Diácono Prócoro Mendieta, de la Parroquia de Quimilí, Santiago del Estero

A la memoria de los Viejos Camaradas inmolados en Malvinas. Junto con ellos marchaba al redoble del tambor siguiendo las banderas de los batallones. Virgen Santa: no te olvides de ellos. Recuérdate de mi Patria y no dejes solo a mi Pueblo que no puede estar sin Ti


UNA TIERRA DE RESABIADOS, MASONES Y JUDÍOS

América, y muy particularmente los Estados Unidos, fue tierra franca para el refugio de todos los heterodoxos resabiados de Europa. Fue también tierra de elección, desde el primer día, de la Masonería en todas sus formas, incluidas aquellas aborrecidas por los mismos ingleses, sus fundadores, panegiristas y propulsores; y fue  para los judíos el Nuevo Hogar, a tal punto de que Ch. Wright Ferguson, autor del libro titulado Fifty Million Brothers (Cincuenta millones de Hermanos, Ferrar, Nueva York 1937)), tal vez el estudio más completo y riguroso sobre el tema (aparecido en 1937), considera a la Gran Nación Americana (el espejo donde todos los infelices de esta parte debemos mirarnos), como la verdadera Tierra Prometida, donde habría de hacer recalada buena parte de la judería de la diáspora.

En verdad fue una tierra de asilados, proscriptos, extrañados y exiliados. Y lo fue sucesivamente para los intransigentes (o no conformistas) y los católicos que huyeron de las Islas Británicas para no someterse a los pérfidos designios de Cromwell –a la derecha-, y su compadre el circunciso Manasseh ben Israel –a la izquierda-; para los Caballeros vencidos de las revoluciones de Inglaterra; para los irlandeses despojados de sus tierras y de su libertad; para los insurgentes del carlismo; para los revolucionarios de la Europa Central, decepcionados por el fracaso de la gran empresa masónica encarnada en las revueltas de 1848 (3);de igual manera que ha sido el recipiente de los drenajes poblacionales del excesivamente anidado Viejo Continente; de los campesinos sin tierra; del ejército de reserva de los trabajadores; de todos los hambrientos; de los indigentes que deambulaban por las calles y los muelles; todos ellos reunidos en la esperanza común de rehacer su vida en una tierra virgen, de riquezas aparentemente inagotables.

Era la tierra bendita donde con gran facilidad se confundía, hasta el día de hoy, la República con de la Democracia y viceversa. Ella había recibido el bautismo masónico en ocasión tan temprana (o simultáneamente) con  Inglaterra, fuere de manos de la primera comunidad judía establecida en Newport (en Rhode Island, la Ciudad de los Judíos) en 1658 (cuyos miembros le aportaron los tres primeros grados, si hemos de creer en Edwin Silcox (Calholics, Jews and Protestants, páginas 12 y 77, Harper’s 1934), o fuere de las de George Starkey, alias Irenée Philatéthe, íntimo en las andanzas de la secta satánica de sir George Vaughan (con nombre de guerra Eugenius Philatéthe), misionero protestante y hereje, lanzado en aquellas fechas por los Rosa Cruz, a la conquista del Nuevo Continente (C. E. Silcox. Tomo I, pág. 152).

Pero, al mismo tiempo, fue en el decurso de tres siglos la Tierra Prometida para los judíos y, a partir de entonces lo ha sido cada día más. Su papel en la edificación de América (Cohen, The Jews in the making of America, editado en Boston, 1924), impresionó a tal punto a Werner Sombart que llegó a escribir: Diríase que América sólo fue descubierta para ellos (El Apogeo del Capitalismo, Payot, París 1932). Al cumplirse el 250º aniversario de la llegada de los Predilectos Hijos del Señor de Israel, el judío Roosevelt confirmaba que pocas naciones han tenido, directa o indirectamente, más influencia en la formación y la dirección del americanismo de hoy. Que digo yo de puro metido como siempre: a Dios sean dadas las muchas gracias, porque a nosotros nos tocó sólo de chaflán. Pero lo importante es que de hecho, aquella sociedad en formación, descalabrada por carecer de cuadros tradicionales, aunque dominada por las sectas secretas unas y herejes las demás, y tan completamente extendida hacia el lucro, la conquista de las riquezas, la especulación y el Dinero, ofrecía para la Reconstrucción del Templo de la Nueva Jerusalén (do moraría el Señor que los llamó Mi Pueblo, a pesar de que cien veces lo traicionaron fieramente y sin asco, mientras se merendaban, de vez en cuando, un Profeta que el Señor les había mandado para ver si los podía enderezar), unos materiales incomparables para mostrar su amor a la Nueva Patria : espantosas traiciones, correrías, ladroneo sin rubor, fraudes y estafas sin abuela. Por ejemplo: la falsificación de la moneda, que en Inglaterra les costara unos 300 años de expulsión, hoy en día la hacen a escala mundial mediante el dólar, con el que han empapelado el mundo y cuyos billetes valen menos que las hojas de un diario mojado. El retrato de Maimónides (el Nuevo Moisés) arriba a la derecha: en él abrevó Espinosa y, por carácter transitivo, todos los iluminados que lo siguieron.


LOS JUDÍOS: INTRODUCTORES DE LOS JUDÍOS Y DE LOS NEGROS

Como los israelitas, por una natural inclinación no fueron, ni son, ni serán jamás pioneros de nada, ni labradores, ellos esperaron a que otros hubieran acondicionado el lugar antes de aterrizar en él cómodamente. Digamos que como aquí: cuando ellos llegaron ya no existía la indiada brava que andaba taloneando; las guerras por la independencia se habían terminado y los políticos habían iniciado la guerra de la dependencia; las sangrientas campañas por la organización nacional se extinguieron y existía una Constitución Nacional, con algún cuerpo de leyes, que les garantizaba a los Predilectos del Señor todo tipo de derechos y garantías. Entonces aparecieron muy orondos, siempre en carácter lacrimógeno de pobrecitos desterrados y perseguidos. Y hoy no existe actividad, profesión o rincón de la Nación que no los encuentre; como si fuese una metástasis, una sub-diáspora inconmensurable en territorio patrio, que forma parte de la ilimitada Diáspora Internacional.

Después de varios fracasos de colonización en 1584, registrados por sir Walter Raleigh (el heredero del monopolio del inglés Sebastian Cabot: sí, el que los pámpidos tienen por veneciano; el sirviente de Enrique VIII que fundó aquí Sancti Spiritus, había creado en Londres, después de 1550, una Compañía de Aventureros del Mar), y por las dos joint stock companies, de Londres, y Plymouth, Virginia, entre 1606 y 1624, un grupo de 70 comerciantes puritanos de la City que disponían de un capital de unas 7.000 libras esterlinas, dirigidos por sir Edward Sandys, había conseguido establecer los primeros centros de población en tierra americana. En Virginia, 11 burgos o boroughs de alrededor de 4.000 habitantes, reunieron el 30 de julio de 1619 a sus notables en Jamestown, antes de constituir una provincia real en 1624. Más al norte, los pilgrims, o peregrinos, desembarcaron en Plymouth el 21 de diciembre de 1620, y ocho años después lo hicieron en Salem, fundando  en 1630 Boston con John Endicott. Bajo el paraguas de la Massachusetts Bay Company, dotada de una Carta en 1629, crearon unas comunidades que iban a estar sometidas, durante setenta y un años, a las normas de un pacto (Brith, en hebreo).

En 1634, lord Baltimore ofreció a los católicos el Maryland, regido por la Toleration Act de 1649, que por otra parte excluía a los ateos y a los judíos (no serían admitidos en las funciones públicas hasta 1825). En cambio, el Estado de Rhode Island, fundado por Roger Williams en 1636, con el objeto de albergar a los intransigentes, sería el primero en acogerlos en 1658. En conjunto, desde 1620 hasta 1640, alrededor de 20.000 Hijos Predilectos lograron establecerse en las colonias inglesas, que no tardaron en extenderse a diversas dependencias de Massachusetts: Connecticut (desprendimiento de Rhode Island), Maine y New Hampshire, región de pescadores, poblada por los esfuerzos de sir Fernando Georges y del Capitán John Mason.

Por su parte, durante ese mismo período, los holandeses –escudo de Holanda a la izquierda, de la Dutch East India Company, habían abordado las costas de la América del Norte: con sir Henry Hudson en 1609, fundando Nueva Amsterdam en 1614. Siete años después, se había constituido su simétrica: la Dutch West India Company y, acaudalados comerciantes, tales como el joyero Killiam van Tensselaer y otros, se establecieron a orillas del Hudson. La ciudad contaba con unos 10.000 habitantes cuando los ingleses se apoderaron de ella en 1664, para convertirla en propiedad del duque de York, que terminó dándole su nombre al año siguiente, antes de ceder Nueva Jersey a sus amigos, sir George Carteret y sir John Berkeley. Dos acontecimientos capitales -por otra parte, estrechamente ligados el uno al otro- señalaron aquel medio siglo de dominación holandesa: la llegada de los judíos y la introducción de los negros.

Dueños del mercado de los productos coloniales y controlando con sus capitales las grandes compañías con carta de privilegio, los judíos portugueses y sus herederos de Amsterdam se habían interesado desde hacía mucho tiempo en las provechosas plantaciones de ultramar. En Oriente, en Java, lo mismo que en el resto de las Américas y en Surinam (1644). En 1492 se los encuentra en Santo Tomé (Santo Tomás, al este de Puerto Rico), donde montan unas explotaciones azucareras, que hacia 1550 ocupaban a unos 3.000 esclavos negros. En vano la reina doña Juana trató en 1511, sin lograr gran éxito, de restringir la afluencia de negros y judíos hacia la América del Sur; pero la ley del 21 de mayo de 1577 levanta la prohibición de emigrar a las colonias españolas. En 1580 el General Juan de Garay fundaría la Ciudad de Buenos Aires: en 1600 ya la llamaban, según Hernandarias de Saavedra (en carta a Felipe II), la ciudad de los judíos. Así de rápidos son estos cosos.

En el Brasil, el primer gobernador general portugués encargado de organizar el país entre 1549 y 1553, el judío Tomé de Souza, los acogió sin dificultad, aunque otros dicen que los mando llamar porque aquello era una bicoca. Allí se dedicaron a extraer oro, plata y piedras preciosas. Desde luego la mano de obra no iba a ser de ellos, y sí fue suministrada, al principio, por dos cargamentos anuales de negros africanos cautivos (a estos negros los cazaban los propios negros en África y los hacían metálico o aguardiente en la playa; hecho terrible que no lo cuenta la llorosa novelita La Cabaña del Tío Tom y otras de su género).  Estos esclavos permitieron también cultivar la caña de azúcar.

Habiendo pasado la colonia a manos de Holanda en 1624, 600 notables judíos se instalaron en ella en  1642 y no tardaron en hacerse dueños de todas las grandes plantaciones. Lo mismo puede decirse de las islas: Barbados (donde el cultivo de la caña de azúcar se remonta a 1641 y la exportación de azúcar a 1648) y Jamaica, ocupadas por Inglaterra –su escudo a la derecha- en 1627 y 1656, respectivamente. Pero he aquí que en 1654, Portugal expulsa a los judíos de sus territorios de ultramar (que vendría a ser la expulsión número 47, si se cuentan bien todas sus expulsiones). Algunos, con el hebreo Benjamín Dacosta, en número de 900, acompañados de 1.100 esclavos, se trasladaron a la Martinica en 1655. Otros llegaron a Santo Domingo, donde la caña era cultivada por los españoles desde 1587. Y otro grupo (unas dos docenas: a finales del verano de 1654), llama a las puertas de Nueva Amsterdam: el gobernador Peter Stuyvesant, un devoto de las correrías judaicas que narra el Antiguo Testamento, se las abre, tras la intervención de los directores de la Compañía de las Indias Occidentales. Ellos no pueden negar nada a los judíos, porque eran sus principales accionistas (1654). Desde allí se extendieron hacia Long Island, Newport y, más tarde, a Filadelfia, fundada en 1681 por William Penn (muy admirado por algunos de nuestros próceres en su correspondencia), masón de la primera hora (de allí el nombre de la ciudad: Amor entre amigos) y sus cuáqueros.

Entonces la parte Sur de aquel Norte de América, comienza a poblarse. En 1663, Carlos II –imagen a la izquierda-, ha concedido las Carolinas a ocho landlords, entre ellos Anthony Ashley Cooper, futuro conde de Shaftesbury (mencionado en el trabajo que hice de Locke). John Locke –recuadro a la derecha-, que era el hombre de confianza de Cooper, pone a prueba su talento de legislador elaborando para la colonia una constitución tan compleja que la hará prácticamente inaplicable (si bien lo de Locke fue un bodrio sin costura, los liberales ultramontanos se derriten cuando hablan de ella). De los dos Estados así formados, la Carolina del Norte, donde predomina la ganadería, quedará constituida sobre todo por pequeñas propiedades; en tanto que la del Sur, compuesta de grandes dominios, se dedicaría al cultivo del arroz y del añil. Una parte de los colonos proceden de Virginia, donde se desarrollan las grandes plantaciones de tabaco de 5.000 acres de extensión, e incluso mayores. Los otros, de Inglaterra. La mitad fue indentured servants (criados bajo contrato por una duración media de siete años), cuyos propietarios habían pagado el pasaje (de 6 a 10 libras esterlinas por cabeza), y que les costaban de 2 a 4 libras esterlinas anuales de mantenimiento. Fundada en 1773 por sir James Oglethorpe, Georgia ofrece la particularidad de estar abierta a los condenados por deudas, que encuentran allí la posibilidad de rehacer sus vidas, bajo el control, durante veintiún años, de fiadores o trustees.

LOS JUDÍOS SUMINISTRAN LOS FONDOS Y TRAFICAN LOS ESCLAVOS

Esta economía colonial se vuelca consecuentemente, a ejemplo de las islas y del Brasil, hacia la mano de obra negra para la explotación de sus dominios. Proveedores de esclavos al Occidente en los tiempos lejanos de los godos, merovingios y de Carlomagno (véanse las condenas de los Concilios  Toledanos; la palabra esclavo deriva de eslavo, que fueron los primeros que traficaron los del Pueblo de Dios; después vinieron los negros africanos), los judíos de Ámsterdam y los de la City londinense financian de buena gana aquel tráfico tan provechoso: la madera de ébano, que, en un santiamén, dará fortuna y esplendor a Londres y a Liverpool. Desde 1619, en que tuvo lugar en Jamestown la primera venta de esclavos del continente norteamericano, hasta 1660, los holandeses (nombre genérico con que se conocía a la judería de Ámsterdam), detentaron el monopolio (el precio de compra de un esclavo negro oscilaba entonces entre 18 y 30 libras esterlinas según la edad, la salud y la fuerza del individuo). A la izquierda esclava negra; a la derecha un hechicero africano.

Durante 28 años, 1660 hasta 1698, la Royal African Company of England los sucedió en aquel privilegio (observe el lector que todas estas empresas comienzan con Royal; sin embargo, si aparecía un problema, como el surgido en Buenos Aires en 1806 y 1807, inmediatamente el Rey declaraba que él no tenía nada que ver porque era un asunto privado). Más tarde, el mercado quedó libre (por el vergonzoso tratado de Utrech) y el número de cautivos aumentó rápidamente: de 59.000 en 1714 a 263.000 en 1754, y a 697.000 en 1790.

Por otra parte, la población blanca, había pasado de unos 250.000 en 1700 (de ellos 80.000 en Nueva Inglaterra, 60.000 en Virginia y 30.000 en Maryland), a casi 2.500.000 en vísperas de la insurrección contra Inglaterra. Entretanto, en el Norte, se había constituido Vermont, gracias a la concesión otorgada  de 121 municipios por el gobernador Wenworth. Al oeste de Nueva York, el Piedmont, vertiente oriental de los Alleghanys, había sido ocupado a partir de 1683 por unos alemanes, unos suizos y unos irlandeses del Ulster. Efectivamente: entre 1700 y la revolución, 100.000 alemanes de Palatinado se instalaron en Pennsylvania; y desde 1730 a 1770, casi 500.000 escoceses-irlandeses se afincaron en América. Pero los capitales ingleses invertidos en el continente, alrededor de diez millones de libras esterlinas, apenas alcanzarían, entre 1760 y 1770, a la sexta parte de los dedicados a la explotación de los productos coloniales de las islas (Barbados, Jamaica, etc.), en las que imperan setenta sugar Lords del Parlamento. A través de un sistema de intercambios triangulares -escribe Werner Sombert-, los esclavos de África y los productos coloniales de las islas, el metal que permite alimentar el comercio de la América del Norte con Inglaterra, afluye de la América Central y de la América del Sur gracias al comercio judío (Los judíos y la vida económica, pág. 62). El saqueo en nuestra patria fue, a través de la Colonia del Sacramento: el contrabando (de plata del Potosí por baratijas y fruslerías; del tasajo y el saladero para alimentar a los negros de las plantaciones en el norte; y las corambres provenientes de las vaquerías que aniquilaron el ganado cimarrón.

Así pues, a pesar de la débil importancia numérica de sus comunidades, los judíos desempeñaban ya, desde el exterior, un papel preponderante en la naciente economía norteamericana (4). En nuestro país, esta minoría sería la autora del concepto de porteño que tanto daño ha causado a la nación y que aún pervive lleno de vida. Los de la ciudad fundada por Garay eran trinitarios y tenían a los del puerto (de Nuestra Señora del Buen Aire) como una recua de infames y ladrones. Triunfaron éstos y la ciudad pasó de la Santísima Trinidad a llamarse de Buenos Aires. El Pozo de Sevilla fue a Castilla, lo que Buenos Aires fue para sus hermanas provincianas: una maldición. Unos muchos comen hasta quedar barrigones; y los otros muchos miran hasta quedar finitos como un silbido.

Sigo con esto. A pesar de su diversidad de origen, las colonias inglesas se habían visto obligadas a agruparse en varias ocasiones para hacer frente a sus vecinos: indios y franceses. Alimentados de racismo bíblico, los puritanos (exceptuando a los cuáqueros de Pennsylvania, más humanos y más naturalmente amigos de la paz), solían mantener pésimas relaciones con los autóctonos. Los establecimientos ingleses de Plymouth, de Massachussetts, de Connecticut y de New Haven habían formado una Confederación contra los indios en 1643. Contra los franceses, 4.000 milicianos de Nueva Inglaterra habían tomado por primera vez, el 17 de junio de 1745, Louisbourg, que fue restituido por la paz de Aix-la-Chapelle, en 1748. Al desencadenarse la Guerra de los Siete Años, en 1754, un Plan de Unión, elaborado por Benjamín Franklin, fue sometido a la aprobación de los representantes de siete colonias, reunidos en congreso en Albany. En el curso del conflicto, del lado canadiense, los judíos (excepto los Gradis de Burdeos, abastecedores del Rey de Francia), continuaron estando al margen del territorio (como lo habían estado desde 1627 y lo estuvieron hasta la conquista inglesa en 1759). En cambio, del lado anglo-americano, ninguna restricción puso trabas a las transacciones del comisario del ejército de Wolfe, simplemente porque era judío. ¿Será ésta la raíz del terrible odio a los judíos de Franklin y de Washington, dos padres de la Independencia? No sé.

Con la derrota infligida a Francia, los colonos habían adquirido conciencia de sus capacidades. Aspirando a la Unión, alimentaban ya sueños de expansión. Toda una serie de medidas adoptadas imprudentemente por Londres, deseosa de hacer compartir a los americanos los gastos de la guerra, habían contribuido, comenzando en 1763, a emponzoñar las relaciones con la Metrópoli. Fue necesario dar marcha atrás. En 1764, la Sugar Act había disminuido en la mitad los derechos sobre los azúcares, establecidos en 1733 por la Molasses Act. En 1765, la Stamp Act había suprimido los derechos de timbre, que anteriormente oscilaban entre medio penique y 10 libras esterlinas. Pero la Quartering Act , imponiendo a las comunidades la obligación de alojar a las guarniciones inglesas, contra la cual se habían pronunciado Samuel Adams en Boston, John Dickinson en Filadelfia y la asamblea de Nueva York, había comprometido el beneficio de aquellas concesiones y provocado nuevos resentimientos. Arriba a la derecha: en un dibujo de la época, un cambiador judío de Ámsterdam hace su trabajo.

Aunque la tarifa aduanera establecida por las Townshend Acts de 1767 fue abolida en 1770, a excepción de una tasa de tres peniques por libra sobre el té (compensada por otra parte con una prima), los intercambios comerciales con la Metrópoli experimentaban frecuentes perturbaciones; por ejemplo: de 1.363.000 libras esterlinas en 1768, las exportaciones británicas bajaron a 504.000 libras en 1769; pero volvieron a subir a 4.200.000 en 1771, para retroceder a 2.590.000 en 1774 y hundirse a 201.000 en 1775. Mal síntoma este, porque aparte si los ingleses querían tomarse un tecito en aquella época, tenían que ir a buscarlo a Ceilán: un camino tres veces más largo. Pero había algo peor. Dueños ahora de las pieles canadienses, ¿los ingleses no obstaculizaban deliberadamente el desarrollo de su colonia americana? Una proclama de 1763 establecía en los montes Alleghanys, el límite para la población del Oeste, abolía el régimen de concesiones libres otorgadas por los gobernadores y lo reemplazaba por la venta de lotes de terreno en pública subasta, duplicando el importe de los quitrents para aquellas nuevas propiedades. Todos los colonos de la frontera estaban en efervescencia. Observe el lector que todo el drama que se desatará en adelante comenzará, como tantos otros de la Historia, con un problema rural. Pero a esto no lo entendieron los políticos de ayer. Y mucho menos los de hoy.

LA MASONERÍA: HAYM SALOMÓN Y ROBERT MORRIS AYUDAN A LA INDEPENDENCIA

En escritos anteriores he estudiado y repasado el papel decisivo de la Francmasonería -y especialmente de las logias de ancianos, secundadas en una década (de 1760 hasta 1770) por las misiones metodistas-, en la preparación de la insurrección americana. Al igual que Bernard Fay, el historiador Ch. Wrigth Ferguson subraya que Washington y Franklin hacían reposar su influencia chiefly, if not solely (esencialmente, si no exclusivamente), sobre las logias (Op. cit., pág. 20). El mismo informa que la reconquista de Filadelfia por los insurgentes dio lugar a un verdadero Te Deum masónico y señala la existencia de talleres militares en los dos bandos en presencia (se conocen once solamente entre los americanos). Ellos no vacilaron en atribuir a consignas masónicas ciertas lentitudes y maniobras inexplicables de los generales ingleses. Entre la población, por otra parte, la voluntad de luchar contra Inglaterra no era unánime, ni mucho menos: frente a unos 800.000 habitantes ganados para la rebelión, es decir, un tercio aproximado del total, existían unos 250.000 leales. Se unieron a las tropas inglesas entre 30.000 y 50.000 lories. Unos 15.000 de ellos de Nueva York; 3.000 habitantes abandonaron Filadelfia, evacuada por Clinton en 1778; de 35.000 a 100.000 pasaron al Canadá después de la victoria de los insurgentes. La Masonería, pues, fue el motor de la Revolución.

En cuanto al nervio de la guerra, dice Jean Lombard (La cara oculta de la historia moderna, Tomo II, Cap. XXVII, pág. 350) que procedía sobre todo del exterior, principalmente de Holanda y de Francia. Sobre el terreno, los que Peter Calisch llama The Jews who stood by Washington (Los judíos que permanecieron al lado de Washington), -Ed. en Cincinnati, 1932-, aportaron también su contribución: los Minis, los Cohen de Georgia, sobre todo el banquero Haym Salomón (1740-1785) y el armador Robert Morris, que ha sido el verdadero financiero de la Revolución, escribe Sombart (Los judíos y la vida económica, pág. 78),

Polaco de origen portugués, refugiado en Inglaterra y luego en América tras la partición de 1772, el buenazo de Salomón, detenido una primera vez en Nueva York por los ingleses por su celo revolucionario, liberado posteriormente y utilizado como intérprete cerca del general Heister, comandante de las tropas alemanas, volvió a ser detenido y condenado a muerte por haber incitado a sus hombres a la deserción. El 11 de agosto de 1778 consiguió huir sobornando a sus carceleros y pasó al servicio del Congreso en Filadelfia y -¡Oh, milagro! ¿de dónde procedía el dinero?-: se estableció como corredor de Bolsa; se convirtió en uno de los principales accionistas del Banco de América del Norte; actuó de tesorero-pagador de las tropas francesas que luchaban en América; sirvió de intermediario casi exclusivo para la transferencia de los subsidios de Francia, de España y de Holanda a los insurgentes; prestó al nuevo Estado 658.000 dólares en 75 operaciones desde agosto de 1781 hasta abril de 1784 (211.678 dólares de créditos; 353.729 de obligaciones y 92.600 de bonos), más 20.000 dólares de anticipos sobre la paga de los funcionarios, y murió arruinado en 1785. Ahora don lector, dígame con sinceridad: ¿vale o no vale la pena ser un Predilecto del Señor de Israel? Mire vea: ¡si hasta son magos! Pero en lugar de conejos, de la galera sacan dinero que, para nosotros, que no somos predilectos, siempre es escaso. Arriba a la izquierda: fotografía del monumento donde aparece Washington tomado de las manos de los judíos y masones Robert Morris y Haym Salomón (cualquiera diría que están por jugar al Don Pirulero). ¡Esto sí que es patrio! Estoy emocionado. ¡Qué gran nación! –como nos decían los profesores de Educación Democrática en 1956.

El 20 de febrero de 1781, el buenazo de don Robert Morris (1734-1806), fue nombrado, a propuesta de Pelatia Webster y de Alexandre Hamilton, director de las Finanzas por el Congreso. Por ello tuvo que hacer frente a las peores dificultades. Nacido en Liverpool, de un padre que se instaló en Maryland como exportador de tabaco, Morris fue estudiante en Filadelfia, luego socio de los armadores Willing, signatario del acuerdo de boicot a la ley del Timbre en 1765; ligado a los insurgentes después de Lexington, había ocupado sucesivamente los cargos de miembro del Comité de Seguridad (Council of Safeíy) el 30 de junio de 1775 y del Comité Secreto de Correspondencia; más tarde, el 30 de enero de 1776 lo fue del Comité de los Asuntos Exteriores y del Comercio. Banquero, encargado de los suministros militares y navales, había sido mantenido en sus funciones, a pesar de sus violentas críticas dirigidas hacia Silus Deane, y las mangoneadas contra él por Thomas Paine en enero de 1779. En el momento en que asumió la responsabilidad de las Finanzas, la situación era casi desesperada.

Se calcula en 104 millones de dólares/oro el costo de la guerra. Para hacerles frente, el Congreso decide el 22 de junio de 1775 y en primer lugar, emitir bills of credit por valor de dos millones de dólares, rescatables en Spanish milled dólares de los estados (de acuñación española). La confiscación de los bienes de los leales, decretada en noviembre de 1777, permite la creación de Continental Loan Certificates. Mucho ruido y pocas nueces. Se recurre entonces, a la emisión (inflación) del papel moneda. Que fue generosa, por otra parte; 191,5 millones de dólares emitidos por la Federación, hasta el 29 de noviembre de 1779, y 243,6 millones por el conjunto de los estados hasta 1783. Sin la afluencia de créditos y de moneda de oro de Europa, el edificio resultaba tan frágil que parecía habría de hundirse irremisiblemente. Sin embargo la aportación de 200.000 dólares en especies, traídos una flota francesa, permitió a Robert Morris fundar en Filadelfia, en enero de 1782, el Banco de América del Norte, con un capital de 400.000 dólares, de los cuales el Estado aportaría 250.000. A éste le siguieron otros establecimientos: el  Banco de Nueva York y el de la Massachusetts Bay en Boston, que data de 1784. Entretanto, el secretario de las Finanzas, con el agua al cuello, había amenazado con dimitir, el 24 de enero de 1783, y sólo se habría salvado gracias a la gestión de John Adams para obtener un nuevo empréstito con los Países Bajos.

Al tiempo que las trece colonias sublevadas definían sus instituciones, promulgaban el 15 de noviembre de 1777 unos Artículos de Confederación, que no serían ratificados hasta 1781, se daban (después de varios congresos en Filadelfia, en Annapolís en 1786 y, de nuevo en Filadelfia en 1787), una Constitución instituyendo una Cámara Alta compuesta de dos senadores por estado; una Cámara Baja formada por representantes elegidos en número proporcional a la población; un Tribunal Supremo (arbitro entre los poderes y cumbre del aparato judicial); y nombraban presidente (el Ejecutivo) a George Washington (entre el 4 de marzo y el 30 de abril de 1769). Allí también echaron los cimientos de su estructura financiera, autorizando al gobierno federal a recaudar los impuestos y a legislar en materia de moneda, de comercio, de protección a la industria y de población de los territorios occidentales.

Habiendo declinado Robert Morris la cartera de Finanza en el gabinete formado por George Washington en 1789, teniendo a Thomas Jefferson como secretario de Estado, Alexandre Hamilton asumió las funciones del Tesoro. Él promulgó la tarifa aduanera proteccionista del 4 de julio de 1789 (sucesivamente aumentada en 1790, 1792 y 1794); hizo decidir a la Federación a hacerse cargo de la Deuda y a fusionar sus tres elementos: deuda exterior con Francia, España y Holanda, cifrada en 11.710.378 dólares; deuda interior al 6 %, o sea, 40.414.086 dólares; y deudas de los Estados, por un importe de 25 millones de dólares; lo que arrojaba un total de 77.124.464 dólares. En 1791 logró instituir, para un período de veinte años, un Banco Nacional con un capital de 10 millones, de los cuales el Estado suministraría dos, y en 1792 definió la moneda norteamericana, sobre la base del dólar Spanish milled, fijado en 24,75 grains de oro (cada grain equivale a 0,6 gramos), coexistiendo bajo un régimen bimetalista con unas monedas de plata. La paridad oficial con el oro se estableció en 1 por 15.

Por desgracia, aquellas juiciosas medidas no sobrevivieron del todo a la oposición de los republicanos, de los intereses del oeste y de los Bancos de los Estados, cuya proliferación -su número pasó de 88 a 246 en sólo cinco años-, era tal en 1811 que la circulación fiduciaria había aumentado de 45 a 100 millones de dólares.

UNA DEMOCRACIA DE PROPIETARIOS, SECUNDADOS POR SOMETIDOS Y ESCLAVOS

Adquirida la independencia por el tratado de París del 3 de noviembre de 1783, en aquel país tenido hasta hoy como ejemplo de la Democracia, en el que únicamente los propietarios —uno de cada cinco habitantes, aproximadamente— gozaban del derecho de voto, la gran tarea era ahora la expansión hacia el norte hasta los grandes lagos y, hacia el oeste, hasta el valle del Mississipi. También democráticamente, las compañías creadas, no sólo para la industrialización del país, sino también para la explotación de aquellos territorios, habían velado de un modo especial para que la Constitución y las nuevas instituciones (es decir: los tres poderes) respetasen sus intereses.

Los ingleses se habían marchado, los quitrents habían sido abolidos, pero ni los grandes dominios ni la manía de especular con las tierras habían desaparecido. Por el contrario: la ordenanza de 1785 entrega hasta cierto punto el dominio público a los manejos dé los traficantes. Aquella ordenanza prescribía el establecimiento de un catastro y de una cuadriculación con vistas a la venta, por mitad en distritos comunales —según el sistema adoptado en Nueva Inglaterra—, y por mitad en lotes de 640 acres —según el sistema virginiano—, en pública subasta a un dólar, y luego a dos dólares el acre, en 1796, pagadero con un crédito a un año. A pesar de la reducción de la superficie de los lotes a 320 acres en 1800, y enseguida a 160 en 1804 (remunerables en cinco años), sólo los especuladores que dispongan de dinero suficiente podrán adquirirlos para revenderlos, lo que equivalía a conceder a los antiguos colonos puritanos del Este el privilegio de explotar a los nuevos pioneros, los agricultores del Oeste. En cuanto a la organización política de las nuevas provincias, fue determinada por la ordenanza de 1787, que limita a tres o como máximo a cinco el número de los Estados a crear y precisa que cada territorio, colocado al principio bajo la autoridad de un gobernador, tendrá derecho a elegir dos asambleas cuando el número de sus habitantes sea superior a 5.000 (el censo para ser elegible se fijaba en 200 acres y, para ser designado como gobernador, en 100), y podrá constituir un Estado cuando llegase a los 60.000.

Después de haber rechazado hacia el interior a los indígenas, derrotados por el general Wayne cerca de Toledo en 1794, algunos norteamericanos sueñan con aprovecharse de las guerras subsiguientes a la cruzada revolucionaria en Europa para expulsar a Inglaterra del Canadá. Preocupados sobre todo, al principio, por no dejarse arrastrar al conflicto debido a su alianza con Francia, se habían limitado a proclamar su neutralidad (22 de abril de 1793). El Chief Justice John Jay se había esforzado incluso en resolver los puntos en litigio con Inglaterra, pero al tratar sobre el derecho de visita de los buques y de las levas de marineros para el servicio de Su Majestad, había tropezado con una obstinada intransigencia, que retrasaría hasta el 24 de junio de 1795 la ratificación por el Senado del tratado concluido el 17 de noviembre de 1794. Sin otro deseo que el de explotar las circunstancias para realizar sustanciosos beneficios, los americanos, durante un primer período que se extiende casi desde 1792 a 1808, desarrollan su marina mercante (cuyo tonelaje se multiplica por ocho: 123.893 toneladas en 1789 contra 981.000 en 1810); inician la construcción de una escuadra en 1798; se dedican al contrabando con Francia, España y Holanda y aumentan su comercio exterior, hasta el punto de que las exportaciones alcanzan 108,3 millones de dólares y las importaciones 130,5 millones en 1807.

REFERENCIAS

(1) La pirámide de Adam Weishaupt, es decir de los Iluminados de Baviera, terminó siendo el sello de la Nueva Jerusalén. Dicen que este sello fue motivo de grandes discusiones e inclusive de una consulta popular, todo lo cual, para mí, viniendo de quien viene, no tiene ningún valor que no sea el folclórico. Sin embargo, así como lo vemos, fue diseñado por George Washington. Esta limitado por dos círculos que en la masonería representan al Universo. El ojo (izquierdo, el de los egipcios) que se encuentra dentro del triángulo equilátero radiante (mágico, de los pitagóricos) pertenece al Gran Arquitecto del Universo y representaría la Obra inconclusa de la pirámide construida por la masonería. Esta pirámide tiene en su base una fecha: en romanos MDCCLXXVI (1776), el año de la independencia. Desde allí hacia arriba se pueden contar 13 capas, que dicen son los 13 estados que tenía la Unión en ese momento. También son 13 las letras que coronan la imagen: ANNUIT CŒPTIS. Las de abajo son 17: NOVUS ORDO SECLORUM. La suma 13 + 17 =  30 (el Grado 30º es el del Gran Elegido Caballero Kadosch o del Aguila Blanca y Negra). Pero el 13, el 17 y el 30 son números mágicos  de los Iluminados. La parte trasera de la pirámide es oscura (la masonería negra) y representaría a los aerópagos y traslogias, parte invisible, que sostienen a la parte delantera visible y se corresponden con los Grados Sublimes: Comendador (Grado 31º); Sublime y Valiente Príncipe del Real Secreto (Grado 32º) y Soberano Gran Inspector General (Grado 33º). Respecto al  gajo con hojas: son cinco grupos de tres hojas; total 15 hojas. Tres  son los Grados Simbólicos (aprendiz, compañero y maestro) de gran importancia entre los satanistas; el Grado 5º se denomina Maestro Perfecto; el 15º es el Caballero del Oriente o de la Espada y  al Grado 16º, el gajo que sostiene las hojillas, (para que nadie tenga duda) le endilgaron el de Príncipe de Jerusalén.
(2) En el escudo de la Nueva Jerusalén encontramos como figura central un águila rampante como símbolo del imperio. Al número 13 lo hallamos en las flechas; en las franjas rojas y blancas del escudete central; en las plumas de las alas doradas del ave; y en las estrellas que se encuentran sobre la cabeza del águila sobre un fondo azul, color característico de la masonería. Casualmente el Rito Masónico de York cuenta con 13 grados. Fue fundado en 1777 (un año después de la declaración de la Independencia de la Nueva Jerusalén). Recibió este nombre porque esa ciudad fue la capital de los antiguos masones ingleses durante la Edad Media. La de York es la masonería del Real Arco o del Arco Real o de la Real Arca y tiene como lema: Nulla salus extra. Haber: esto quiere decir que fuera de ella no hay salvación. Digamos que tipo Arca de Noé o, sin ir tan lejos, de la Iglesia Católica. En el Rito Escocés el Grado 13º es llamado del Real Arco.
(3) Uno de los traficantes americanos más célebres y más ricos de la época fue el circunciso Aaron López, armador de Newport, fallecido en 1782. Tras haberse dedicado al contrabando de té holandés, con su correligionario Henry Lloyd, de Boston (1756), y haber establecido corresponsales en Charleston (asiento del hebreo Isaac da Costa), y en Jamaica (mercado del judío Benjamín Wrigth), se asoció en 1764 para la importación de esclavos de Guinea con su cuñado Jacob Rodríguez Rivera (que era de Newport), casado en los años 1740 con Hanna, hija del sefardí Samuel Rodríguez Pimentel, habitante de Curazao, y viuda de Sasporlas, y en 1767 con su yerno Abraham Pereira Mendes, de Jamaica. La red familiar, extendida a todo el mar de las Antillas, funcionaba con el apoyo de comanditarios en Inglaterra (Henry Cruger, de Bristol, con aportaciones de varios millares de libras esterlinas, y sobre todo de George Haley, de Londres, al cual Aaron López le era acreedor de 22.000 libras en 1774 y de 22.600 en 1775). Contaba con tan buenas amistades en los dos bandos, que el desencadenamiento de la insurrección americana no interrumpió en lo más mínimo su campaña de pesca de la ballena, en 1775.
(4) Mientras reinaba en Francia el más que septuagenario “rey ciudadano” Luis Felipe I (1830-1848), hijo de Felipe Igualdad, los elementos avanzados de la masonería, reunidos secretamente y de años atrás (1845) en sus ventas de carbonarios, fueron preparando al camino al socialismo. Alarmado por esta situación el Ministro de Guerra prohibió en 1845 a instancias de Guizot, la afiliación de los militares a las logias masónicas. Pero todo fue en vano porque la monarquía ya tenía firmada su sentencia de muerte. La revolución, que debía abarcar toda la Europa Central, quedó decretada en el Congreso Masónico reunido en Estrasburgo en 1847. El 24 de febrero de 1848 estalla la revolución en París y del 13 al 30 de marzo de 1848, es decir, en no más de dieciocho días, tremendas conmociones sociales se sucedieron desde los Pirineos hasta el Vístula: el 13 de marzo en Viena; el 18 de marzo el masón von Gagern (jefe de los masones alemanes concurrentes al Congreso de Estrasburgo, junto con Fickler, Herwegh, Buge, Blum, etc.) proclama la república en Berlín y el mismo día comienza la revolución en Milán; el 20 en Parma y el 22 en Venecia, Nápoles, Florencia, Toscana y Roma. El poeta Alfonso de Lamartine y los socialistas masones Ledruc-Rollin (vecino de San Martín pared de por medio), el confeso Luis Blanc, el terrible Pedro Proudhon, Arago, Marie, Garnier Pagès, Crèmieux, Cavaignac, Caussidiére, Marrast, Vaulabelle, Vilain , Pyat y otros fueron los delegados de Francia en aquel Congreso de acuerdo al convenio anterior celebrado en  Rochefort, bajo los auspicios de Lord Palmerston desde Londres que es la vinculación de la masonería con la Alta Finanza de la City londinense. Casualmente estos personajes aparecerían luego ocupando los puestos en el gobierno de la Segunda República a partir del 24 de febrero de 1848: Lamartine, a cargo del Ejecutivo, la Presidencia Provisional ; Ledruc-Rollin en la cartera del Interior; el hebreo Isaac Crémieux en Justicia; Arago en Marina; Marie en Obras Públicas; Goudchaux en Hacienda, los delincuentes Caussidière y Sobrier se hacen cargo de la Prefectura de Policía, etc. “Basta consultar estas fechas –concluye Maurice Fara-, para encontrar la prueba evidente de una dirección común de estos acontecimientos, y es indiscutible que esta fuerza directora no podía ser otra que la masonería con sus diversas secciones.” (Maurice Fara, La Masonería al Descubierto, pág. 69, Ed. La Hoja de Roble, Buenos Aires septiembre de 1960). 


*DIARIO PAMPERO CORDUBENSIS NUMERO ESPECIAL
LUNES 27 DE OCTUBREDE 2008
DIARIO PAMPERO Cordubensis.
INSTITUTO EMÉRITA URBANUS. Córdoba de la NUEVA ANDALUCÍA y EL TUCUMÁN, 12 de octubre de 2012, FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR, PATRONA DE ESPAÑA Y DE LA HISPANIDAD. Sopla el Pampero. ¡VIVA LA PATRIA! ¡LAUS DEO TRINITARIO! ¡VIVA HISPANOAMÉRICA libre, justa y soberana! Reedición, gspp*


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