sábado, agosto 11, 2012

*ALEXIS de TOCQUEVILLE*



*En las sociedades puede haber virtudes privadas; habrá hasta buenos cristianos; pero “en sociedades semejantes no se verán jamás grandes ciudadanos, ni sobre todo, un gran pueblo. El nivel común de los corazones y de los espíritus no cesará de descender, mientras convivan el despotismo y la igualdad”. A. T. *

Editó: Lic. Gabriel Pautasso

*ALEXIS HENRI CHARLES DE CLÉREL, VIZCONDE DE TOCQUEVILLE (1805-1859), FUE UN JURISTA, POLÍTICO E HISTORIADOR FRANCÉS. SU OBRA ES UNA REFERENCIA OBLIGADA PARA ENTENDER FENÓMENOS COMO EL ANTIGUO RÉGIMEN EN FRANCIA Y LA DEMOCRACIA EN ESTADOS UNIDOS*.

*TOCQUEVILLE, un aristócrata liberal capaz de comprender los rumbos abiertos por las revoluciones del siglo XVIII, supo captar las grandes tendencias de la sociedad burguesa del futuro, observando la democracia americana en 1831.*

*COMO LA DEMOCRACIA AMERICANA HA MODIFICADO LA LENGUA INGLESA*

(Véase también DIARIO PAMPERO nº 223 “Tocqueville, al Antiguo Régimen y la Revolución. 23de marzo de la Cuaresma de 2009).

Si el lector ha seguido lo que he dicho anteriormente a propósito de las letras en general, comprenderá sin esfuerzo la influencia que puede ejercer el Estado social democrático y sus instituciones en la lengua misma, que es el principal medio del pensamiento.
Los autores americanos viven más, a decir verdad, en Inglaterra que en su propio país, ya que estudian constantemente a los escritores ingleses y los toman a diario de modelo. No ocurre lo mismo con el pueblo, sometido de forma más inmediata a las causas particulares actuantes en los Estados Unidos. No es, pues, en el lenguaje hablado, en el que poner  atención para percibir las modificaciones que el idioma  de un pueblo aristocrático puede sufrir al convertirse en lengua de una democracia.
Ingleses instruidos y gentes entendidas, más competentes que yo en esos delicados matices, me han asegurado a menudo que el lenguaje de las clases cultas de los Estados Unidos difería notablemente del de las de la Gran Bretaña.
No sólo se lamentaban de que los americanos hubiesen puesto en uso muchas palabras nuevas, cosa que la diferencia o el alejamiento entre ambos países bastaría para explicar, sino que esas voces se hubiesen tomado de las jergas de los partidos, de las artes mecánicas o de los negocios. Añadían que los americanos dan a menudo una acepción nueva a palabras inglesas antiguas.  Decían, en fin, que los habitantes de los Estados Unidos entremezclan frecuentemente los estilos de manera singular, y que a veces juntan palabras que en el lenguaje de la madre patria es costumbre separar.
Estas observaciones, que me fueron repetidas muchas veces por personas a las que juzgaba dignas de crédito, me indujeron a reflexionar sobre el asunto, y mis reflexiones me llevaron, en la teoría, al mismo punto al que llegaron ellas en la práctica.
En las aristocracias, la lengua participa naturalmente del reposo en que se mantienen todas las cosas. Se forman pocas palabras nuevas porque se hacen pocas cosas nuevas; y aunque se hicieran, tratarían de describirlas con palabras conocidas y cuyo sentido estuviera fijado por la tradición.
Cuando el espíritu humano se mueve por sí mismo en dichos períodos aristocráticos, o le despierta la luz que entra de fuera, las expresiones nuevas que se desean tienen un carácter sabio, intelectual y filosófico que indica que no deben su nacimiento a una democracia.  (…)
MILTON, por sí solo, introdujo en la lengua inglesa más de seiscientas palabras, casi todas del latín, del griego o del hebreo.
El perpetuo movimiento que reina en el seno de una democracia, tiende, por el contrario, a renovar constantemente el aspecto de la lengua tanto como el de los negocios. En medio de esta agitación general y de esta competencia entre todos los espíritus se forma un gran número de ideas nuevas; las antiguas se pierden o vuelven a aparecer, y a veces se subdividen en infinitos matices.
Así, pues, a menudo hay palabras cuyo uso decae, y otras que se hace necesario introducir en el lenguaje.
Por lo demás, a las naciones democráticas les gusta el movimiento por sí mismo, lo que se revela tanto en el lenguaje como en la política; y aunque a veces no tengan la necesidad de cambiar las palabras, sienten el deseo de hacerlo.
El espíritu de los pueblos democráticos no sólo se manifiesta en el gran número de palabras que ponen en uso, sino también en la naturaleza de las ideas que estas nuevas palabras representan.
Es estos pueblos, es la mayoría la que dicta la ley en materia de lenguaje, como en lo demás, y su espíritu se manifiesta en eso lo mismo que en todas las otras cosas. Ahora bien, la mayoría se ocupa más de negocios que de estudios, de intereses políticos y comerciales, que de especulaciones filosóficas o de literatura. La mayor parte de las palabras inventadas o admitidas por ella llevarán el sello de esos gustos; servirán principalmente para expresar las necesidades de la industria, las pasiones de los partidos o los detalles de la administración pública. Será ése el lado por donde el idioma se extenderá sin cesar, mientras que, por el contrario, abandonará poco a poco el terreno de la metafísica y de la teología.
En cuanto a la fuente a que recurren las naciones democráticas para extraer sus nuevas palabras y el medio de que se valen para fabricarlas, es cosa fácil de mostrar.

*LOS HOMBRES DE LOS PAÍSES DEMOCRÁTICOS TIENEN, PUES, A MENUDO, IDEAS VACILANTES; NECESITAN, POR TANTO, EXPRESIONES AMPLIAS PARA ENCERRARLAS.*


Es principalmente en su propia lengua donde los pueblos democráticos buscan los medios de innovación. De vez en cuanto introducen de nuevo en su vocabulario expresiones olvidadas, o bien hurtan a una clase particular de ciudadanos un término que les es peculiar, para hacerlo ingresar con un sentido figurado en el lenguaje habitual; multitud de expresiones que en un principio sólo pertenecían a la jerga de un partido o de una profesión, se ven así introducidos en la circulación general.
El expediente que suelen emplear con más frecuencia los pueblos democráticos para innovar en materia de lenguaje consiste en dar a una expresión usual un sentido inusitado. Este método es muy simple, rápido y cómodo. No se requiere ciencia alguna para emplearlo y la misma ignorancia facilita su uso; pero a la larga hace correr al idioma grandes peligros. Los  pueblos democráticos, duplicando así el sentido de una palabra, convierten a veces en ambiguo tanto el que conserva como el que le dan.  

*ALEXIS de TOCQUEVILLE: quince días en el desierto americano. *


“Un pueblo antiguo, el primero y legítimo dueño del continente americano, se deshace día a día como la nieve bajo los rayos del sol y, a la vista de todos, desaparece de la faz de la tierra. En sus propias tierras, y usurpando su lugar, otra raza se desarrolla con rapidez aun mayor; arrasa los bosques y seca los pantanos; lagos grandes como mares y ríos inmensos se oponen vanamente a su marcha triunfal”.
…Una de las cosas que más excitaba nuestra curiosidad al venir a Norteamérica era recorrer los confines de la civilización europea y, si el tiempo nos lo permitía, visitar incluso algunas de las  tribus indias que han preferido huir hacia las soledades más salvajes a plegarse a lo que los blancos llaman “las delicias de la vida social”. Pero hoy en día llegar hasta el desierto es más difícil de lo que se cree. Habíamos Salido de NUEVA YORK y, a medida que avanzábamos hacía el Noroeste, el objetivo de nuestro viaje parecía alejarse cada vez más. Recorríamos lugares célebres en la historia de los indios, atravesábamos valles a los que habían dado nombre, cruzábamos ríos que aún llevan el de sus tribus, pero, en todas partes, la choza del salvaje había dado paso a la casa del hombre civilizada; los bosques había sido arrasados, la soledad cobraba vida.
Sin embargo, parecíamos seguir el rastro de los indígenas.  TOCQUEVILLE relata en estas páginas el viaje que emprendió, en julio de 1831, desde Detroit hasta Saginaw, junto con su amigo GUSTAVE de BEAUMONT. Bosques arrasados, desiertos que se convierten en ciudades, pueblos aborígenes perseguidos: en América nada será igual después del hombre blanco.  

Un autor empieza por desviar un poco de su sentido primitivo una expresión conocida y, después de haberla modificado de este modo, la adapta a su asunto como mejor como mejor le parece. Viene luego otro que le da un nuevo significado; un tercero la llevará por otro camino, y como no hay un árbitro común ni tribunal permanente que pueda fijar de manera definitiva el sentido de la palabra, éste vendrá  quedar en una situación de paso, lo que trae consigo que los escritores parezcan no adherirse jamás a un solo pensamiento y que den la impresión de fluctuar entre un grupo de ideas, dejando que sea el lector, dejando que sea el lector el que juzgue la que conviene.
Se trata de una lamentable consecuencia de la democracia. Yo preferiría que la lengua quedase plagada de términos chinos, tártaros o hurones, a que se vuelva incierto el sentido de las palabras francesas. La armonía y la homogeneidad son sólo bellezas secundarias del lenguaje. Hay mucho de convencional en esta clase de cosas, de las que, si es preciso, se puede prescindir. Pero nunca puede haber un idioma bueno sin términos claros.
La igualdad necesariamente trae consigo otros muchos cambios en el lenguaje.
En épocas aristocráticas, en las que cada nación quiere mantenerse apartada de las demás y tener una fisonomía propia, acontece a menudo que muchos pueblos de origen común llegan a ser extraños entre sí, de tal suerte que aunque no dejan de entenderse unos a otros, no hablan del mismo modo.
En esos mismos tiempos cada nación está dividida en un cierto número de clases que se comunican poco y no se mezclan en absoluto; cada una de estas clases adquiere y conserva invariablemente hábitos intelectuales propios, y adopta con preferencia determinadas palabras y expresiones que pasan luego de generación en generación, como las herencias. Se dan así en el mismo idioma un lenguaje de pobres y un lenguaje de ricos, una lengua de plebeyos y una lengua de nobles, una lengua sabia y una lengua vulgar. Cuando más profundas son las divisiones y más infranqueables las barreras, más inevitable resulta este efecto. Apostaría a que entre las castas de la India el lenguaje difiere prodigiosamente, y a que existe casi tan diferencia entre el de un paria y el de un brahmán, como entre sus vestiduras.
Cuando, por el contrario, los hombres ya no están sujetos a una posición social determinada y se ven y se comunican incesantemente; cuando desaparecen las castas y las clases se renuevan y se confunden, se mezclan todas las palabras de la lengua. Aquellas que no son aceptadas por la mayoría, perecen; el resto forma una masa común de la que cada uno toma lo que conviene. Casi todos los dialectos en que se dividían lo idiomas de Europa tienden a desaparecer; el dialecto no existe en el Nuevo Mundo y cada día existe menos en el Antiguo.
No quiero pasar a otro tema sin describir un último rasgo de las lenguas democráticas, que las caracteriza más que ningún otro.  
Ya mostré anteriormente que los pueblos democráticos experimentaban una tendencia, y a veces una verdadera pasión, por las ideas generales, hecho que se origina en las cualidades y defectos que les son propios. Este amor por las ideas generales se manifiesta en las lenguas democráticas en el uso continuo de términos genéricos y voces abstractas, así como su empleo. Tal es el gran mérito y el gran defecto de estas lenguas.
Los pueblos gustan en pasión de términos genéricos y palabras abstractas porque esas expresiones ensanchan el pensamiento y, al permitirle encerrar en un reducido espacio multitud de objetos, son una ayuda en el trabajo de la inteligencia.
Un escritor democrático dirá, de una manera abstracta, las capacidades en lugar de los hombres capaces, sin entrar en el detalle de las cosas a las que dicha capacidad se aplica. Hablará de la actualidad para describir de un solo trazo las cosas que pasan en ese momento ante sus ojos, y de eventualidades para referirse a cuanto puede suceder en el universo a partir del momento en que habla.
Los escritores democráticos forman continuamente voces abstractas de esa índole, o usan en un sentido cada vez más abstracto las palabras abstractas de la lengua.
Y es más, para decir las cosas más rápidamente, personifican al objeto de esas palabras abstractas y le hacen obrar como a un individuo real. Dirán que la fuerza de las cosas requiere que las capacidades gobiernen.
Para aclarar mi pensamiento recurriré a un ejemplo propio:
A menudo he hecho uso de la palabra igualdad en un sentido absoluto; además, he personificado la igualdad repetidas veces, llegando a decir que la igualdad originaba ciertas cosas o se abstenía de ciertas otras. Puede afirmarse que los del siglo de LUIS XIV jamás habrían hablado así; nunca se les habría pasado por la mente la idea de usar la palabra igualdad sin aplicarla a una cosa en particular, y antes habrían renunciado a su uso que consentir en hacer de la igualdad un ser viviente.
Estas palabras abstractas que abundan en las lenguas democráticas y de las que se hace uso cada paso sin referirlas a un hecho particular, ensanchan y oscurecen el pensamiento; hacen la expresión más rápida y la idea menos neta. Pero en materia de lenguaje, los pueblos democráticos prefieren la oscuridad al trabajo.
Por otra parte, tal vez la vaguedad tenga un cierto encanto secreto para quienes hablan y escriben en esos pueblos. 
Los hombres que en ellos viven dudan de casi todo, por estar generalmente entregados al esfuerzo individual de su inteligencia. Por añadidura, el que su situación cambie sin cesar hace que no s aferren a opiniones causadas por su fortuna.
Los hombres de los países democráticos tienen, pues, a menudo, ideas vacilantes; necesitan, por tanto, expresiones amplias para encerrarlas. Como no saben nunca si la idea que expresan hoy convendrá a la situación nueva de mañana,  adquieren  fácilmente el gusto por los términos abstractos. Una palabra es como una caja doble fondo: se puede meter en ella toda clase de ideas y sacarlas sin que nadie lo vea.
(…)

*Fundamentos: Del libro LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA”. Alianza Editorial, 1980.


Diario Pampero Nº 381
¡ arriba el bunker, sopla el PAMPERO, por la independencia final de HISPANOAMÉRICA y la ARGENTINA! gspp.*