sábado, abril 04, 2009

1818 – 5 de abril – 2009 * 191º Aniversario de la Batalla de Maipú

Batalla de MaipúPedro Subercaseaux

General D José de San Martín

EL CAMPO DE MAIPU

El teatro en que se desenvolvieron las operaciones, es una llanura, limitada al este por el río Mapocho que divide la ciudad de Santiago; al norte, por la serranía que la separa del valle de Aconcagua, y al sur por el Maipú que le da su nombre.

Hacia el oeste se levanta una serie de lomadas y algunos montículos que corren de oriente a poniente, y se destacan en monótonas líneas prolongadas en el horizonte, rompiendo la uniformidad del paisaje algunos grupos de arbustos espinosos en un campo cubierto de pastos naturales, y en lontananza, las montañas que circundan el valle y le dan su perspectiva. Al sur de Santiago, se prolonga por el espacio como de diez kilómetros, en la dirección antes indicada, una lomada baja de naturaleza caliza que por su aspecto lleva el nombre de Loma Blanca. Sobre la meseta de esta lomada evolucionaba el ejército patriota.

En su extremidad oeste y a su frente, se alza otra lomada más alta, que forma un triángulo, cuyo vértice sudoeste se apoya en la hacienda de "Espejo", antes mencionada, conduciendo a ella un callejón en declive como de veinte metros de ancho y trescientos de largo, cortado por una ancha acequia en su fondo, y limitado a derecha e izquierda por viñas y potreros que cierran altos tapiales.

Esta era la posición que ocupaba el ejército realista. Las dos lomadas están divididas por una depresión plana del terreno u hondonada longitudinal como de un kilómetro en su parte más ancha y doscientos cincuenta metros en la más angosta. Al este del vértice o puntilla de las lomas del sur se extiende un grupo de cerrillos aislados, y entre ellos uno más elevado, en forma de mamelón, que hace sistema con el triángulo ocupado por los realistas. El vértice este de esta posición, que era su parte mas elevada, se destacaba como un baluarte, y hacía frente a un ángulo truncado fronterizo de la Loma Blanca , que lo flanqueaba por una parte y lo enfilaba por otra. En este campo iba a decidirse la suerte de la independencia sudamericana.

PRELIMINARES DE MAIPU

El general San Martín, situado en la extremidad este de la Loma Blanca a diez kilómetros de Santiago, dominaba en su conjunción los tres caminos que comunican con los pasos del Maipú y amagaba el de Valparaíso, asegurándose una retirada, a la vez que cubría la capital por sus dos únicos puntos vulnerables, la cual para mayor garantía hizo atrincherar, guarneciéndola con 1.000 milicianos y un batallón bajo la dirección de O'Higgins, a quien su herida (producto de la refriega de Cancharrayada) impedía asistir al campo de batalla.

Su plan era atacar al enemigo sobre la marcha, sin darle tiempo a combinaciones, si se presentaba por los caminos del frente; correrse por su flanco derecho si tomaba el de la Calera, e interceptarle el de Valparaíso, maniobrando a todo evento con seguridad sobre la meseta de la loma en terreno ventajoso para dar y recibir la batalla. Al efecto, dividió su ejército en tres grandes cuerpos formados en dos líneas: el primero a órdenes de Las Heras, cubriendo el ala derecha; el segundo, a las de Alvarado a la izquierda; y un tercero en reserva en segunda línea a cargo del coronel Hilarión de la Quintana.

Confió a Balcarce el mando general de la infantería, reservándose el de la caballería y de la reserva. El primer cuerpo lo formaban los batallones núm. 11 de Las Heras (argentino), los Cazadores de Coquimbo, comandante Isaac Thompson (chileno); los Infantes de la Patria, comandante Bustamante, (chileno), el regimiento de caballería argentino Granaderos a caballo, a que se había agregado un escuadrón provisional de artilleros montados del ejército argentino por no tener piezas que servir, y la artillería chilena compuesta de 8 piezas de campaña a cargo del mayor Blanco Encalada.

El segundo cuerpo lo componían: los batallones núm. 1 de Cazadores (argentino), de Alvarado; el núm. 8 de los Andes (argentino), comandante Enrique Martínez; el núm. 2 de Chile, comandante Cáceres; los Cazadores y Lancero s de Chile (argentinos y chilenos), a órdenes de Freyre y Bueras, con nueve piezas ligeras de artillería chilena a cargo del mayor Borgoño. La reserva constaba de: los batallones núm. 1 y núm. 3 de Chile, comandantes Rivera y López; núm. 7 de los Andes, (argentino) comandante Conde, y cuatro piezas de batir de a 12, mandadas por de la Plaza, y servidas por los artilleros argentinos que habían perdido su artillería en Cancharrayada.

MOVIMIENTOS TACTICOS

Tomadas estas disposiciones y dictadas estas prevenciones, formó su ejército en dos líneas: en primera línea las divisiones 1ra. y 2da., con sus respectivas baterías desplegadas a cada uno de los flancos y su caballería escalonada, poniendo la reserva en segunda línea y su artillería de batir, al centro de la primera. En este orden permaneció los días 2, 3 y 4 de abril, con una vanguardia volante mandada por Balcarce, en observación de la línea del Maipú.

Al tener noticia de que el enemigo vadeaba el río inclinándose hacia el poniente, desprendió toda su caballería con orden de atacar sus puestos avanzados, hostilizar sus columnas en la marcha y mantenerlo durante la noche en constante alarma. El fuego de las guerrillas, aproximándose cada vez más, y los repetidos partes, anunciaban que los realistas seguían avanzando. La noche del 4 se pasó así en alarma, rodeando los soldados patriotas grandes fogatas de huañil, que iluminaban todo el campo. San Martín dormía mientras tanto en un molino a la orilla del camino, envuelto en su capote militar.

Al amanecer del día 5 de abril, las guerrillas patriotas al mando de Freyre y Melián se replegaban, dando parte que el enemigo avanzaba en masa, en rumbo al camino que entronca con el de Santiago a Valparaíso.

San Martín, que lo había previsto por su dirección en el día anterior, pensó que no podía tener por objeto sino cortarle la retirada sobre Aconcagua, o efectuar un movimiento de circunvalación interponiéndose entre él y la capital, o reservarse una retirada más segura en caso de contraste, pues la larga distancia y los ríos que tendría que atravesar, la hacían dificilísima hacia el sur.

Lo primero estaba previsto y se neutralizaba por un simple cambio de frente; lo segundo era impracticable, pues tenía que describir un arco, de cuya cuerda era dueño; y lo último, una promesa más de triunfo completo. Para cerciorarse por sus propios ojos de este error estratégico y concertar sus movimientos tácticos, disfrazóse con un poncho y un sombrero de campesino, y acompañado por su inseparable ayudante O'Brien y el ingeniero D´Albe, seguido de una pequeña escolta, se dirigió a gran galope al ángulo truncado de la Loma Blanca señalado antes.

Desde allí pudo observar a la distancia de cuatrocientos metros con el auxilio de su anteojo, la marcha de flanco que en perfecto orden ejecutaban las columnas españolas a tambor batiente y banderas desplegadas, al posesionarse de la lomada triangular fronteriza prolongando su izquierda sobre el camino de Valparaíso. "¡Qué brutos son estos godos!" -exclamó con esa mezcla de resolución y buen humor que caracteriza a los héroes en los momentos supremos-. Y agregó: "Osorio es más torpe de lo que yo pensaba". Dirigiéndose luego a sus acompañantes, les dijo: -" El triunfo de este día es nuestro. El sol por testigo!" El sol asomaba en aquel momento sobre las nevadas crestas de los Andes.

La mañana estaba serena; ninguna nube empañaba el cielo, el aire estaba cargado de perfumes, y las aves cantaban entre los espinos en florescencia.

SAN MARTIN Y BRAYER

A las diez y media de la mañana el ejército argentino-chileno rompió una marcha de flanco en dos columnas paralelas, caminando rumbo al oeste por encima de la meseta de la Loma Blanca.

En el curso de la marcha, ocurrió un episodio, que la historia debe recoger por la espectabilidad de los personajes, y da idea del temple de alma del General en ese momento. A medio camino, presentóse el mariscal Brayer solicitando licencia para pasar a los baños (termales) de Colina.

San Martín le contestó fríamente: "Con la misma licencia con que el señor general se retiró del campo de batalla de Talca, puede hacerlo a los baños; pero como en el término de media hora vamos a decidir la suerte de Chile, y Colina está a trece leguas y el enemigo a la vista, puede V.S. quedarse si sus males se lo permiten". El mariscal contestó: "No me hallo en estado de hacerlo, porque mi antigua herida de la pierna no me lo permite". San Martín le repuso en tono airado: "Señor general, el último tambor del Ejército Unido tiene más honor que V.S.".

Y volviendo su caballo, dio orden a Balcarce sobre la marcha, hiciese saber al ejército, que el general de veinte años de combates quedaba suspenso de su empleo por indigno de ocuparlo. Después de este incidente, que hizo el efecto de una proclama, el ejército continuó su marcha hasta enfrentar la posición enemiga.

Allí desplegó en batalla en dos líneas de masas por batallones, con la artillería de batir al centro de la primera; la volante a sus dos extremos y la caballería cubriendo las dos alas en columnas por escuadrones, situándose la reserva plegada en columnas paralelas cerradas a 150 metros a retaguardia.

MOVIMIENTOS TACTICOS

El general realista, que había ocupado el promedio de la meseta de la loma triangular del sur al observar el movimiento de los independientes desprendió sobre su izquierda una gruesa columna compuesta de ocho compañías de granaderos y cazadores con cuatro piezas de artillería al mando de Primo de Rivera, que ocupó el mamelón destacado por aquella parte, con el doble objeto de amagar la derecha patriota y tomar por el flanco sus columnas si avanzaban, a la vez que asegurar su retirada por el camino de Valparaíso según su idea persistente.

El intervalo entre el mamelón y la puntilla norte del triángulo, fue cubierto por Morgado con los escuadrones de "Dragones de la Frontera". Sobre la loma formó en batalla en la proyección noroeste sudoeste, en línea quebrada con el mamelón, pero sin cubrir todos los perfiles de la altura por el nordeste. Colocó los batallones "Infante Don Carlos " y "Arequipa" formando división, al mando de Ordóñez; y sobre la izquierda, el "Burgos" y el "Concepción", a órdenes del comandante Lorenzo Morla, con cuatro piezas de artillería adscriptas a cada una de las dos divisiones. La extrema derecha fue cubierta por los "Lanceros del Rey" y los "Dragones de Concepción".

LOS EJERCITOS DE MAIPU

En esta disposición se hallaron frente a frente los ejércitos beligerantes al sonar las doce del día, separados únicamente por la angosta hondonada que promedia entre los dos cordones de lomas que ocupaban independientes y realistas.

Los dos ejércitos permanecieron por algún tiempo inmóviles, en sus respectivas posiciones, como esperando que el adversario tomase la iniciativa. Todas las probabilidades parecían estar contra el que llevase la ofensiva: tenía que atravesar un bajo descubierto sufriendo el fuego de la fusilería y el cañón que lo barría, y trepar las alturas del frente para desalojar de ellas al enemigo. Para los patriotas la desventaja era aún mayor, pues su derecha tenía que desalojar previamente las fuerzas que ocupaban el mamelón avanzado o recorrer un espacio de mil metros flanqueados por los fuegos de sus cañones.

Ambas posiciones eran fuertes, y bien calculadas para la defensiva, y la de los realistas más ventajosa aún. En cuanto a las fuerzas físicas y morales, estaban casi equilibradas, siendo igual la decisión de parte a parte, si bien la de los realistas era numéricamente mayor. Por lo que respecta a las armas, la superioridad de los independientes era incontestable en artillería y caballería en número y también en calidad, y aún cuando éstos tenían nueve batallones de infantería, en algunos de ellos no formaban sino 200 hombres, mientras los cuatro gruesos batallones con que contaban los primeros, divididos en ocho compañías, levantaban cerca de mil bayonetas cada uno.

Lo único que inclinaba la balanza de las probabilidades, era el peso de las cabezas de los generales; pero ya se había visito cómo, en Cancharrayada, las más hábiles combinaciones que aseguraban el triunfo, dieron por resultado la derrota.

PRELIMINARES DE MAIPU

El plan de San Martín no era precisamente el de una batalla de orden oblicuo, y sin embargo, resultó tal por el atrevimiento, el arte consumado y la prudencia con que fue conducida. Fue una inspiración del campo de batalla, sugerida por errores del enemigo y peripecias de la acción en el momento decisivo, y esto realza su mérito como combinación táctica.

El mismo San Martín jamás se atribuyó otro, y desdeñando con orgullosa modestia adornarse con laureles prestados, insinúa incidentalmente, que al orden oblicuo se debió en parte la victoria, sin agregar que, más que todo, se debió al uso oportuno que hizo de su reserva, como se verá luego.

Los relieves de las respectivas posiciones y las proyecciones de las dos líneas de batalla, eran casi paralelas; pero los realistas habían retirado su derecha formando en el promedio de la loma, sin cubrir sus perfiles, como queda dicho, y de aquí resultaba que la izquierda independiente desbordase la derecha realista en su posición y en su formación, y que teniendo que recorrer por esa parte la menor distancia de la hondonada intermedia, pudiese llevar con ventaja un ataque oblicuo o de flanco con el apoyo de la reserva. Tal es la síntesis táctica de la batalla de Maipú en sus preliminares.

El general en jefe que había levantado su enseña en el centro de la primera línea, observando la inacción del enemigo, mandó romper el fuego con las cuatro piezas de batir servidas por los artilleros argentinos, con el objeto de descubrir sus fuegos de artillería y sus planes. Una de las balas mató el caballo del general en jefe español.

En el acto, la artillería española contestó ese fuego con el suyo, manteniendo su formación, y suministró a San Martín el dato que necesitaba. Era evidente que Osorio se preparaba a una batalla defensiva y lo indicaba claramente, además de su formación, la circunstancia de no haber ocupado el perfil de las lomas de su posición, a fin de utilizar por más tiempo los fuegos de su infantería y aprovechar el espacio para dar con ventaja en su oportunidad una carga a la bayoneta con sus gruesos batallones, así que aquéllos hubiesen diezmado los de los independientes.

El general San Martín, tuvo entonces la intuición de la victoria, que debía decidir de los destinos de la América independiente. Dio audazmente la señal del ataque, mandando levantar en alto la bandera argentina y chilena, y en medio de ellas, la bandera encarnada como una llamarada sangrienta.

Su ojo penetrante había descubierto el flanco débil del enemigo, que era su derecha. Las "columnas se descolgaron", según la pintoresca expresión del mismo general en su parte, y "marcharon a la carga, arma al brazo sobre la línea enemiga", con entusiasmo, a paso acelerado. La reserva y la artillería permanecieron en su puesto, esperando las órdenes del general.


BATALLA DE MAIPU


A las 11:30 am la artillería del Ejército Patriota abre el fuego sobre las posiciones enemigas.

Respuesta de la artillería realista; se estableció un duelo de artillería que se prolongó por media hora sin consecuencias.

A las 12 San Martín ordena a sus fuerzas avanzar sobre las posiciones enemigas quienes mantienen el fuego de artillería

La caballería realista en el ala izquierda cargan contra la infantería a la cual el Coronel Las Heras ordena formar en cuadro

Dos escuadrones de Granaderos a Caballo cargan sobre la caballería realista mientras el ala derecha realista vuelve frente hacia la infantería del Ejército Unido que avanzaba.


Los dragones de Morgado retroceden ante la carga de los Granaderos quienes los persiguen.
El centro realista apoya al ala derecha y Osorio ordena a Primo de Rivera que apoye la línea con sus fuerzas.

Al llegar la división de Alvarado a la loma del Estanque es rechazada por el fuego de fusilería de la división de Ordoñez y al replegarse la división del Ejército Unido, Ordoñez avanza en columna reforzado con el Burgos y Arequipa.
Mientras tanto, en el ala derecha, los escuadrones de Granaderos son rechazados por el fuego de la infantería y retroceden sobre los batallones que avanzan.

El Mayor Borgoño ordena fuego al 2do Grupo de Artillería de Chile, con lo cual logra detener el avance de la infantería realista.
En el ala derecha, los Granaderos a Caballo cargan reforzados por los otros dos escuadrones, sobre los Dragones los que huyen a cubrirse tras su infantería.

En este momento, San Martín empeña la reserva para hacer frente a la infantería realista, la cual ya había hecho desplazar para cubrir el ala izquierda
Las Heras ocupa la ondulación frente a la infantería de Primo de Rivera empeñándose en fuego de fusilería.

Ordoñez envía a su caballería a cargar sobre el flanco izquierdo de la infantería del ejército unido.

Los escuadrones del Ejército Unido al mando del Teniente Coronel Bueras cargan a su vez sobre la caballería realista poniéndolos en fuga.


DESARROLLO

El movimiento se inició por la derecha; pero no era éste el verdadero punto de ataque. Su objeto era doble: desalojar la izquierda del enemigo destacada sobre el mamelón y amenazar el frente o la izquierda de su centro, concurriendo así al ataque de la izquierda, que tenía que recorrer la menor distancia entre las alturas para cargar sobre el flanco más desguarnecido.

Según el éxito de una u otra ala, la batalla se empeñaría por la derecha o por la izquierda, interviniendo convenientemente la reserva en sostén de la que llevase la ventaja o la desventaja: en el primer caso, sería una batalla de frente, cortando la izquierda y desbordando la derecha enemiga, y en el segundo, un verdadero ataque oblicuo de la derecha flanqueando o tomando por retaguardia Las Heras las columnas realistas, y esto era lo que se proponía San Martín, al aprovechar el error cometido por Osorio, que iba a verse obligado a entrar en combate con todas sus fuerzas alterando su formación. En estas condiciones el secreto de la victoria estaba en el uso oportuno de la reserva.

Las Heras avanzó gallardamente sin disparar un tiro, a la cabeza del núm. 11 de los Andes, que era el nervio de la infantería del ejército, sostenido por los dos batallones que formaban su brigada, y lanzó al llano los escuadrones de Granaderos montados, amenazando la posición del mamelón.

La batería de cuatro cañones del mamelón rompió el fuego sobre el núm. 11 así que éste se presentó a la vista, causándole bastantes estragos en sus filas, pero siguió avanzando con rapidez seguido por los Cazadores de Coquimbo y los Infantes de la Patria de Chile, mientras la artillería de Blanco Encalada, que había quedado en posición sobre la loma, apoyaba el ataque lanzando sus proyectiles por encima de las columnas patriotas que marchaban por el terreno bajo. Primo de Rivera, que comprendió que el propósito de Las Heras era aislarlo de su línea de batalla, lanza a su vez su caballería situada entre el mamelón y la lomada triangular.

Morgado carga con ímpetu a la cabeza de los "Dragones de la Frontera". Las Heras se cierra en masa y espera, dando órdenes a Zapiola que cargue por su derecha con la caballería. Los dos primeros escuadrones de Granaderos a órdenes de los comandantes Manuel Escalada y Manuel Medina, salen al encuentro sable en mano, y hacen volver caras a los jinetes realistas, que reciben en su huida los disparos de la artillería de Blanco Encalada, y se ven obligados a refugiarse tras de su anterior posición.

Escalada y Medina son recibidos por los fuegos de fusilería y de metralla del mamelón; remolinean, pero se rehacen con prontitud; dejan a su Derecha la altura fortificada, y apoyados con firmeza por los dos escuadrones de reserva mandados por Zapiola, siguen adelante en persecución de los derrotados, que se dispersan o se repliegan en desorden a la división de Morla sobre la loma.

Las Heras se establece sólidamente con el núm. 11 en un cerrillo intermedio, fronterizo al mamelón y al ángulo nordeste del triángulo, en actitud de atacar el mamelón y concurrir al ataque de la izquierda. El ala izquierda de los realistas quedaba así aislada, y la izquierda de su centro amagada.

Casi simultáneamente con la carga de los Granaderos a la derecha, el ala izquierda trepaba las alturas de la posición realista por el ángulo este, iniciando un movimiento envolvente sin divisar todavía los cuerpos enemigos. Los realistas, apercibidos del error de haber retirado su derecha perdiendo las ventajas que les daba el terreno, o arrastrados por su ardor, se decidieron a tomar la ofensiva.

Ordóñez, a la cabeza de los batallones "Infante don Carlos " y "Concepción", con dos piezas de artillería, salió atrevidamente al encuentro de los patriotas en dos columnas de ataque paralelas, quien fue seguido muy luego por los batallones "Burgos" y "Arequipa", mandados por Morla, en la misma formación y escalonados por su izquierda.

Osorio, que llegó a temer por su derecha y notando que quedaba sin reserva, mandó reconcentrar al centro de la línea la columna de granaderos destacada sobre el mamelón con Primo de Rivera. Ordóñez, al encimar con su división una de las colinas del campo, se encontró a distancia como de cien metros al frente de la de Alvarado, trabándose inmediatamente un combate de fusilería que causó estragos en ambas filas.

Por desgracia para los independientes, dos de sus batallones, - el núm. 8 de los Andes y el núm. 2 de Chile, - que ocupaban en un bajo la zona peligrosa de los fuegos contrarios, sufrieron considerables bajas en los primeros momentos: el núm. 8, compuesto de los negros libertos de Cuyo, mandado por Enrique Martínez, se desordena después de perder la mitad de su fuerza, y se retira en dispersión; el núm. 2 intenta cargar a la bayoneta para restablecer el combate, y al ejecutar esta operación se dispersa también.

Alvarado, que cubría la izquierda con el núm. 1 de Cazadores de los Andes, despliega en batalla y rompe el fuego; pero a su vez se ve obligado a ponerse en retirada para evitar una total derrota. La victoria parecía declararse en aquel costado por las armas españolas.

Ordóñez y Morla, con sus cuatro gruesos batallones escalonados en dos líneas de masas, levantando como 3.500 bayonetas, se lanzan en persecución del ala izquierda independiente casi deshecha, y sus cabezas de columna descienden impetuosamente los declives de la lomada, con grandes aclamaciones de triunfo.

En ese momento la artillería chilena de Borgoño, que con sus nueve piezas ligeras había quedado ocupando el perfil opuesto en la Loma Blanca , rompe sobre los vencedores un vivo fuego a bala rasa, que los hace vacilar; reaccionan éstos inmediatamente, pero al pisar el llano son recibidos por una lluvia de metralla que rompe sus columnas, haciéndolas retroceder, a pesar de los valerosos esfuerzos de Ordóñez y Morla.

Al observar estas peripecias, Las Heras ordena a los Infantes de la Patria de Chile, que carguen sobre el flanco de la división de Morla; pero son rechazados y retroceden en algún desorden. Hacía veinte minutos que la lucha se mantenía en este estado incierto, cuando se oyó el toque de carga de la reserva independiente, y vióse a sus columnas moverse a paso acelerado hacia el ángulo este de la posición enemiga.

San Martín, que se había mantenido en la altura de la Loma Blanca , en observación de los primeros movimientos de su derecha, dictando con sangre fría sus órdenes según las circunstancias, adelantóse con el cuartel general hasta la proximidad de la posición avanzadaocupada por Las Heras, para dirigir de más cerca las operaciones de su línea.

Al notar desde este punto el rechazo de su izquierda, dio orden a la reserva que cargase en su protección, dirigiéndose con su escolta al sitio donde iba a decidirse la acción por un último y supremo esfuerzo. El coronel Hilarión de la Quintana, a la cabeza de los batallones núm. 1 y 7 de los Andes, y el núm. 3 de Chile, descendió la loma, atravesó la hondonada efectuando con sus columnas una marcha oblicua sobre su izquierda, y llegó al ángulo este de la posición enemiga, en circunstancias que las columnas españolas se habían replegado a ella rechazadas por los certeros fuegos de la artillería de Borgoño.

A vista de la reserva, los batallones 8 de los Andes y 2 de Chile se rehacen y sobre la base de los Cazadores de los Andes, que no Habían perdido del todo su formación, entran en línea, mientras Quintana trepa la altura del triángulo un poco a la derecha del punto por donde lo había efectuado antes Alvarado. El ataque oblicuo se iniciaba, y la batalla iba a cambiar de aspecto.

LA GRAN CARGA DE MAIPU

Aislada la izquierda realista, privada del apoyo de la caballería que la ligaba con su línea de batalla y debilitada de las compañías de granaderos que por orden de Osorio habían acudido a formar la reserva general, Las Heras se disponía a arrebatar su posición, cuando Primo de Rivera que la mandaba, emprendió su retirada, dejando abandonados en el mamelón sus cuatro cañones.

El núm. 11 de los Andes y los Cazadores de Coquimbo, convergen entonces hacia el centro, persiguiendo activamente a las fuerzas de Primo de Rivera, y toman la retaguardia enemiga, mientras el batallón Infantes de la Patria de Chile, rehecho, vuelve a concurrir al ataque de la izquierda. La batalla se concentraba en breve espacio sobre la meseta triangular de la lomada de "Espejo", donde iba a decidirse.

Casi simultáneamente, el combate se renovaba con más encarnizamiento por una y otra parte en la extremidad opuesta de la línea. Para despejar el ataque por este lado, San Martín ordena a los Cazadores montados de los Andes y a los Lanceros de Chile, que arrollen la caballería de la derecha enemiga.

Bueras y Freyre cumplen bizarramente la orden: llevan una irresistible carga a fondo a los "Lanceros del Rey" y los "Dragones de Concepción" que salen a su encuentro, los hacen pedazos y los persiguen largo trecho en desbande hasta dispersarlos completamente. Bueras muere en la carga, atravesado de un balazo. Freyre, tomando el mando de todos los escuadrones, trepa la altura y amaga el flanco derecho de Ordóñez. La caballería realista de ambos costados ha desaparecido. El combate final se traba entre la infantería argentino-Chilena y la española.

Los tres batallones de la reserva mandados por Quintana, forman en línea de masas: el núm. 7 de los Andes más avanzado a la izquierda; el núm. 3 y núm. 1 de Chile al centro y la izquierda, un poco más a retaguardia.

Al trepar la altura, encuéntranse casi a quemarropa con las columnas de Ordóñez y Morla, que ocultas por un pliegue del terreno obligaban en aquel momento sobre su izquierda para hacer frente al nuevo ataque, sin cuidarse de la deshecha división de Alvarado. El "Burgos", que no había entrado en pelea en el primer encuentro, hace flamear su secular bandera, laureada en Baylén y sus soldados entusiasmados gritan: "¡Aquí está el Burgos! ¡Diez y ocho batallas ganadas! ¡ninguna perdida!". La batalla se empeña con nuevo ardor a los gritos de "¡Viva la Patria! ¡ Viva el Rey!" Independientes y realistas hacen esfuerzos heroicos para alcanzar la victoria. Las distancias se estrechan.

Los independientes atacan con impetuosa intrepidez. Los realistas resisten tenazmente, sin retroceder un solo paso.

"Con dificultad," dice San Martín en su parte, "se ha visto un ataque más bravo, más rápido y más sostenido, y jamás se vio una resistencia más vigorosa, más firme y más tenaz."

La división de Alvarado, rehecha en gran parte, entra al fuego por el mismo punto por donde había trepado antes la lomada, y concurre al ataque de la reserva, a la vez que Borgoño con ocho piezas marcha al galope a ocupar la puntilla del este.

La derecha patriota con la artillería de Blanco Encalada avanzada, converge al centro y toma la retaguardia de los realistas. La caballería de Freyre vencedora, amaga su flanco derecho. El "Burgos" agita su bandera, y pelea como un león. El batallón "Arequipa", mandado por Rodil, mantenía impávido su posición.


Los batallones "Infante don Carlos " y "Concepción", dirigidos personalmente por Ordóñez, se baten con desesperación. En esos momentos, el general en jefe del rey, abandona el campo de batalla y se entrega a la fuga. Ordóñez , el más digno de mandar a los realistas en la victoria y en la derrota, toma la dirección de la formidable columna de la infantería española, e intenta desplegar sus masas; pero el terreno le viene estrecho, y se envuelve en sus propias maniobras.

El núm. 7 de los Andes y el núm. 1. de Chile cargan a la bayoneta, a los gritos de "¡Viva la libertad!" y la escolta de San Martín, al mando del mayor Angel Pacheco, juntamente con Freyre cargan sobre su flanco derecho. El "Burgos" forma cuadro, y rechaza las cargas, aunque con grandes pérdidas. Hacía media hora que duraba el porfiado combate. Los realistas, circundados, sin caballería que los apoye y exhaustos de fatiga, vacilan y empiezan a cejar, pero sin desordenarse.

La última esperanza, es la reserva de granaderos desprendida de la izquierda que no pudo llegar a tiempo, y los cazadores de Morgado que perseguidos de cerca por Las Heras, quedan cortados y se precipitan en fuga sobre el callejón de "Espejo". Ordóñez, con sus filas raleadas emprende con serenidad la retirada hacia la hacienda de "Espejo", formado en masa compacta.

San Martín redobla sus órdenes para que la persecución se haga vigorosamente a fin de impedir toda reacción, y condensa su ejército. Ordóñez continúa impávido su movimiento retrógrado, y con sus últimos restos se refugia en la hacienda de "Espejo".

PARTE DE MAIPU

La batalla estaba decidida por los independientes. San Martín, con el laconismo de un general espartano, dicta desde a caballo el primer parte de la batalla, y el cirujano Paroissien lo escribe, con las manos teñidas en la sangre de los heridos que ha amputado: "Acabamos de ganar completamente la acción.

Un pequeño resto huye: nuestra caballería lo persigue hasta concluirlo. La patria es libre". Los enemigos del gran capitán sudamericano han dicho, que San Martín estaba borracho al escribir este parte. Un historiador chileno lo ha vengado de este insulto con un enérgico sarcasmo: "Imbéciles! ¡Estaba borracho de gloria!".

En ese instante oyéronse grandes aclamaciones en el campo. Era O’Higgins que llegaba. El Director, al saber que la batalla iba a empeñarse, devorado por la fiebre causada por su herida, monta a caballo y al frente de una parte de la guarnición de Santiago, se dirige al teatro de la acción.

Al llegar a los suburbios, oye el primer cañonazo y apresura su marcha. En el camino, un mensajero le da la noticia que el ala izquierda patriota ha sido derrotada, y sigue adelante sin vacilar; pero al llegar a la loma tuvo la evidencia del triunfo. Adelantóse a gran galope con su estado mayor, y encuentra a San Martín a inmediaciones de la puntilla sudoeste del triángulo, en momentos que disponía el último ataque sobre la posición de "Espejo": le echa al cuello desde a caballo su brazo izquierdo, y exclama: "¡Gloria al salvador de Chile!".

El general vencedor, señalando las vendas ensangrentadas del brazo derecho del Director, prorrumpe: "General: Chile no olvidará jamás su sacrificio presentándose en el campo de batalla con su gloriosa herida abierta." Y reunidos ambos adelantáronse para completar la victoria. Eran las cinco de la tarde, y el sol declinaba en el horizonte.

RESISTENCIA DE ORDOÑEZ

La batalla no estaba terminada. Ordónez, sin desmayar, se había posesionado del caserío de "Espejo", dispuesto a salvar el honor de sus armas con la resistencia, o la vida de sus soldados en una retirada protegida por la oscuridad de la noche.

Reconcentró allí las compañías de granaderos y cazadores casi intactas, y los restos del "Burgos", el "Concepción" y el "Infante don Carlos ", habiéndose el "Arequipa" retirado del campo con su comandante Rodil.

El valeroso general español, con una admirable sangre fría, lo dispone todo personalmente con habilidad y decisión. Coloca en el fondo del callejón, tras una ancha acequia frente de un puentecillo, los dos únicos cañones que le quedaban, sostenidos por cuatro compañías de fusileros.

Forma el grueso de su infantería sobre una pequeña altura fronteriza a las casas, dando cara a los dos frentes vulnerables; reconcentra en el patio de las casas su reserva, pronta a acudir a todos los puntos amenazados; cubre con destacamentos los callejones laterales, y extiende en contorno, protegidos por las tapias y emboscados en las viñas, un círculo de cazadores. En esta actitud decidida espera el último ataque.

TRIUNFO FINAL

Las Heras es el primero que persiguiendo a los cazadores de Morgado, llega a la puntilla sudoeste, fronteriza a la boca alta que domina el callejón de "Espejo". Dióse cuenta inmediatamente de la situación, y prudentemente dispuso que el batallón descendiera al llano y se ocultase tras de un pequeño mamelón al oriente del caserío (izquierda española) y esperase la señal de un toque de corneta para coronarlo y romper el fuego.

A medida que fueron llegando otros batallones, les señaló sus puestos, y estableció convenientemente la artillería en la parte alta de la puntilla, a fin de cañonear la posición antes de dar el asalto.

En esos momentos se presenta el general Balcarce, y ordena imperiosamente que el batallón Cazadores de Coquimbo ataque sin pérdida de tiempo por el callejón. El comandante Thompson, da la señal y penetra resueltamente en columna al desfiladero. Allí es recibido por la metralla de las dos piezas que lo defendían. Pretende avanzar; pero nuevas descargas de fusilería del frente y de los flancos, lo detienen, y al fin lo hacen retroceder en derrota, dejando en el sitio 250 cadáveres, salvando con todos sus oficiales heridos.

Volvióse entonces al bien calculado plan de Las Heras. Los comandantes Borgoño y Blanco Encalada rompieron el fuego con diecisiete piezas que en menos de un cuarto de hora desconcertó las resistencias, obligando a los realistas deshechos por el cañoneo, a refugiarse en las casas y en la viña del fondo. La señal de asalto se da: el núm. 11, sostenido por dos piquetes del 7. y 8. de los Andes, carga por el flanco rompiendo tapias, y pasa a la bayoneta cuanto se le presenta.

La batalla estaba terminada. Los realistas se dispersan en pelotones en las encrucijadas, viñas y potreros adyacentes. En ese momento hace su aparición en la lucha final, un regimiento auxiliar de milicias de Aconcagua, que lazo en mano se apodera de centenares de prisioneros como de reses en el aprisco.

Los vencedores irritados por el sacrificio del Coquimbo, continuaban matando, cuando se presentó Las Heras, y mandó cesar la inútil carnicería. Pocos momentos después le entregan sus espadas como prisioneros, el heroico general Ordóñez, el jefe de estado mayor Primo de Rivera, el jefe de división Morla, los coroneles de la caballería Morgado y Rodríguez, y con excepción de Rodil, todos los oficiales de la infantería realista, Laprida, Besa, Latorre, Jiménez, Navia y Bagona, y multitud de oficiales.

Las Heras alargó ambas manos a Ordóñez, y lo saludó como a un compañero de heroísmo, ofreciéndole noblemente su amistad, y amparando con su autoridad a sus compañeros de infortunio.

Los patriotas tuvieron 1.000 hombres entre muertos y heridos.

Los trofeos de esta jornada fueron, doce cañones, cuatro banderas,; un general, cuatro coroneles, siete tenientes coroneles, 150 oficiales y 2.200 prisioneros de tropa; 3.850 fusiles, 1.200 tercerolas, la caja militar, el equipo y las municiones del ejército vencido

La Batalla de Maipú dejó de manifiesto una vez más, la brillante capacidad militar del General José de San Martín, su talento organizador, su energía disciplinaria y el conocimiento que tenía de sus hombres. Así también, trascendental fue la experiencia adquirida por los oficiales, suboficiales, clases y soldados del Ejército Patriota en las campañas anteriores, demostrando homogeneidad, fe y entusiasmo en sus misiones.

En este hecho de armas quedó de manifiesto la importancia del mando y el conocimiento exacto de los hombres. La disciplina militar expresada por las correctas maniobras estratégicas que precedieron la batalla, las hábiles maniobras en el campo de acción y la combinación del empleo oportuno de las armas, fueron la manifestación más clara de ello, haciendo de Maipú la primera gran batalla americana, histórica y científicamente comprobado


BATALLA DE MAIPU - 5 de abril de 1818

Atento al avance español, San Martín, convencido de su plena capacidad para oponerse al mismo consideró esta geografía como la más adecuada para presentar batalla. El dispositivo patriota se desplegó, el 4 de abril, sobre Loma Blanca y el realista, al mando de Osorio, sobre la elevación triangular. En las primeras horas de la mañana siguiente, el Libertador hizo el reconocimiento de la posición enemiga, observando que el grueso de las fuerzas españolas se había desplegado sobre un costado de la meseta previendo la posibilidad de un envolvimiento del mismo. El jefe realista había mandado emplazar dos cañones sobre el cerro Errázuriz y reforzado su artillería con cuatro compañías de Cazadores. Según el relato de O’Brien, San Martín exclamó: “Osorio es más torpe de lo que yo creía. El triunfo de este día es nuestro: ¡el sol por testigo!”

El plan realista fue defensivo, pues Osorio, en su parte del 17 de abril, manifestó que esperaba conocer las ideas de San Martín. El jefe español distribuyó sus fuerzas en línea, sobre la base de tres agrupaciones: Primo de Rivera (compañías de Granaderos y Cazadores), Morla y Ordóñez. En el ejército realista algunos jefes, como Ordóñez y Morgado, sostenían la necesidad de una actitud ofensiva, tal cual había ocurrido en la junta de guerra previa a Cancha Rayada. Estos disensos se hicieron sentir también durante el combate y contribuyeron a la derrota española en Maipo. Un aspecto interesante del dispositivo inicial de Osorio fue que no dejó reserva: durante la batalla intentó organizarla sobre la base de la agrupación de Granaderos y Cazadores de Primo de Rivera, pero fue imposible por estar este jefe empeñado en combate con la división de Las Heras.

El plan y el dispositivo de San Martín, en cambio, fue ofensivo, aprovechando las ventajas del terreno para lograr una rápida victoria. Comprendió dos líneas y tres divisiones: Las Heras, al oeste;Alvarado, al centro-este y la reserva, con tres batallones a órdenes de Quintana, centro y retaguardia.

La batalla se inició con un intenso fuego de la artillería patriota, que fue contestado por la realista. Era cerca del mediodía del 5 de abril de 1818. La división Las Heras encabezó el ataque a la posición de Primo de Rivera, con el fin de conquistarla y amenazar luego el flanco del dispositivo enemigo. La artillería española de los cerrillos de Errázuriz, abrió fuego de flanco sobre el Batallón No 11, sin detenerlo, mientras que los Dragones de Morado cayeron sobre Las Heras, quien ordenó a Zapiola para que los contuviera.

Entre tanto, la artillería de Blanco Encalada trataba de neutralizar el contraataque de los Dragones. Los dos escuadrones que encabezaban la formación de los Granaderos a Caballo, a las órdenes de Escalada y Medina, arrollaron a los Dragones empujándolos hacia el flanco noroeste del dispositivo realista (división “Morla”), pero, después de sufrir bajas, fueron obligados a replegarse. Reorganizados, con cuatro escuadrones, volvieron los Granaderos patriotas al ataque, haciendo desaparecer a los Dragones del campo de batalla.

El Batallón N 19 se posesionó de una pequeña altura desde la cual amenazó a los batallones Burgos y Arequipa. Cuando la División Alvarado , acompañando el avance de Las Heras, se encontraba a media distancia de la primera línea realista, Ordóñez ordeno un contraataque frontal con toda su división, que fue acompañada por los batallones Burgos y Arequipa. El Libertador ordenó, inicialmente, que la artillería de Borgono tratara de detener tal reacción, cosa que pudo concretar “con fuego de metralla”, pero sin impedir una cierta vacilación que fue salvada por la oportuna presencia de Quintana con la reserva.

Este fue el momento crítico de la batalla. Las Heras ordenó que el Batallón “Infantes de la Patria ” concurriera en ayuda de Alvarado, para equilibrar la situación. Si bien la caballería realista del flanco derecho había sido cargada y derrotada por Freire, subsistía el peligro del avance de Ordóñez. San Martín dispuso el rápido movimiento de la reserva, que con sus tres batallones ejecutó un ataque al flanco derecho del dispositivo español que había iniciado el contraataque.

El brigadier Osorio, antes de producirse la crisis patriota, había dispuesto la concurrencia de Primo de Rivera como reserva. Esta orden, que inicialmente podría haberse cumplido con cierta dificultad, se ejecutó en el peor momento, porque los efectivos de Errázuriz estaban aislados del resto de la acción. En el cuadro final de la batalla, el dispositivo realista fue rodeado por la división Las Heras al oeste, Alvarado en el centro y Quintana al este. Ambas caballerías patriotas, de Zapiola y de Freire, completaron el cerco. Osorio trató de replegarse sobre la hacienda “Los Espejos”, y no consiguiéndolo, huyó en dirección a Talcahuano. Ordóñez ofreció la última resistencia en la misma hacienda, viéndose obligado a rendirse en menos de media hora.

La batalla finalizó hacia las seis de la tarde: los españoles tuvieron 2.000 muertos y fueron hechos prisioneros unos 3.000 hombres. Perdieron toda la artillería, parque y servicios logísticos, además de numeroso armamento. El ejército patriota sufrió la perdida de 1.000 hombres, entre muertos y heridos. La batalla se ejecutó como una típica acción de aniquilamiento.
Podemos afirmar que el triunfo patriota de Maipú consolidó la independencia de Chile, contribuyendo, en gran medida, a asegurar la futura expedición sobre el Perú y a hacer posible la acción vigorosa de Bolívar en Colombia y Venezuela. Expuso, claramente, el genio de San Martín y demostró su capacidad de recuperación después de Cancha Rayada.
Fuente: La Batalla de Maipú. José Luis Picciuolo. Instituto Nacional Sanmartiniano.


Detalles del mural «Batalla de Maipú» de Fray Pedro Subercaseaux, 1954.
Mide 20 x 3.5 metros .


Los estandartes y banderas.

Las tropas patriotas llevan como estandarte la bandera llamada de transición entre la de azul, amarillo y blanco de la Patria Vieja y la actual de la estrella solitaria, creada en octubre de 1817. Al centro, O’Higgins y San Martin ante la Virgen del Carmen.

Sacerdote dando el sacramento de la Extremaunción.


La Batalla de Maipú

Fuente: Busaniche José Luis (ed) Organización de la campaña San Martín visto por sus contemporáneos. Bs. As., Instituto Sanmartiniano, 1995, págs. 110 a 124. Relato de la Batalla de Maipú por Samuel Haigh.
La mañana del domingo 5 de abril, la época más deliciosa del año en Chile, ni una sola nube obscurecía el brillante y eterno azul del firmamento; los pájaros cantaban y los azahares esparcían un perfume delicioso en la brisa; había esa balsámica suavidad del aire tan propia del clima; las campanas llamaban a misa y un sentimiento religioso se deslizaba en los sentidos al unísono con la santidad del día; parecía sacrilegio que tan santa quietud se interrumpiese con estrépito de batalla. A pesar de esto, yo sabía que así sucedería; por consiguiente, envolviendo una muda de ropa y una frazada doblada en mi capa, y atándola en la montura, me armé con un par de pistolas y un sable, monté a caballo, con sólo tres doblones en el bolsillo, y fui a unirme con mis compatriotas Barnard y Begg. Pronto estuvieron equipados y armados como yo, y salimos de la ciudad en dirección al ejército patriota. Sentí algo como satisfacción al dejar la ciudad esa mañana, pues pocas horas pondrían fin al estado agonizante de esperanza y temor que había alternativamente agitado a todos desde el desastre de Cancha Rayada. En efecto, muchos de los habitantes de Santiago estaban medio locos. Cuando entramos en el llano, como a una legua de la ciudad, oímos los primeros cañonazos, a largos intervalos, pero, llegando a la posición patriota, encontramos los dos ejércitos empeñados encarnizadamente y el fuego era un solo rugido prolongado. Los movimientos de la mañana fueron los siguientes: Cuando despuntó el alba, en el día decisivo, grande para los destinos de la libertad y de Chile, se descubrió el enemigo marchando desde Espejo, y, por un movimiento de flanco, a punto de ocupar el camino de Santiago. La intención de Osorio parece haber sido colocarse entre la ciudad y el ejército patriota, con lo que consideraba mejorar notablemente su posición. San Martín inmediatamente hizo mover su ejército y avanzó hacia el enemigo en columnas cerradas y, mediante una marcha rápida, llegó a tiempo de frustrar esta maniobra de ocupar el camino principal. Osorio, entonces, hizo alto y tomó posición sobre la lomada, frente a la Chacra de Espejo, en el orden siguiente: Su derecha fue ocupada por el regimiento de Burgos y su izquierda por el Infante Don Carlos ; el centro lo formaban las tropas sacadas de Perú y Concepción; estaban en columnas cerradas, flanqueadas pro cuatro escuadrones de dragones a la derecha y un regimiento de lanceros a la izquierda. El terreno que ocupaban era el borde de una loma que se extendía cerca de una milla, y en su extrema izquierda había un montículo aislado en el cual habían emplazado cuatro cañones y unos doscientos hombres. Su número subía a más de seis mil. El ejército patriota se dispuso en columnas, como sigue: Su izquierda la mandaba el general Alvarado; el centro el general Balcarce; la derecha el coronel Las Heras, y la reserva el general Quintana. La acción comenzó como a las once y se inició por la artillería patriota de la derecha; el cañoneo fue a intervalos sobre la izquierda realista que avanzaba; y antes de als doce, la acción se hizo general. Cuando los del infante Don Carlos descendían la loma, recibieron el fuego muy destructor de la artillería del coronel Blanco, cuyos efectos era visibles a cada cañonazo, llevando la destrucción y el desaliento a sus columnas. La batalla aquí fue bien disputada y estuvo indecisa mucho tiempo. El coronel Manuel Escalada, con un escuadrón de Granaderos a Caballo, cargó al montículo en que estaban emplazadas las cuatro piezas de artillería y las tomó; los cañones en seguida fueron apuntados contra sus dueños primitivos. A la derecha los realistas sacaron ventaja; el nutrido y bien dirigido fuego del regimiento de Burgos, introdujo confusión en el ala izquierda patriota compuesta principalmente de negros, y fueron al fin completamente dispersados, dejando cuatrocientos cadáveres en el campo de batalla. En este momento crítico, la reserva -al mando de Quintana- recibió órdenes de atacar.

El Burgos avanzó tan rápido que se desordenó en parte y se había retirado algo para formarse, cuando la reserva patriota se lanzó sobre él, sufriendo un fuego mortífero dirigido con admirable precisión y efecto; y con tanta regularidad como si se tratase de una parada; éste fue sin duda el momento más dudoso de la acción, y así fue considerado por Quintana que, reforzado por un escuadrón de Granaderos a Caballo, dio la orden de cargar. El choque fue tremendo, cesando el fuego casi de golpe y ambos bando cruzaron bayonetas. Los gritos repetidos de "°Viva el Rey! °Viva la Patria!" demostraban que cada pulgada de terreno era disputada desesperadamente; pero, a causa del polvo y humo, difícilmente podíamos saber de qué lado se inclinaba la victoria. Finalmente el grito realista enmudeció, y el avance de los patriotas con grandes vítores de "Viva la Libertad! Proclamaban que la victoria era suya. Cuando el Burgos se apercibió de que sus filas estaban rotas, abandonaron toda idea de resistencia ulterior, y huyeron en todas direcciones, aunque principalmente hacia el Molino de Espejo. Fueron perseguidos por la caballería y despedazados sin piedad. En efecto, esta virtud había sido desterrada de los pechos en ambos bandos. La carnicería fue muy grande y me decían algunos oficiales que habían servido en Europa, que nunca presenciaron nada más sangriento que lo ocurrido en esta parte del campo de batalla. Más o menos, al mismo tiempo que se efectuaba la carga contra el ala derecha enemiga, el coronel Las Heras había destruído la izquierda, que se retiraba igualmente hacia Espejo. En el centro la acción se sostuvo con gran determinación hasta que, dándose cuenta de que ambas alas estaban en derrota, los españoles cedieron y el desastre se hizo general, retirándose todos a todo correr hacia Espejo. Esta hacienda tiene tres corrales y está rodeada por tapias macizas, capaces de proteger dos mil hombre; y es sorprendente que los realistas no sostuvieran esta buena posición, pues su defensa era muy practicable y les habría economizado muchas vidas y quizás habilitado para capitular en condiciones honrosas; sin embargo, perdido todo orden, solamente pensaron en salvarse. Los patriotas al mando de Las Heras, avanzaban por el callejón que conduce a las casas y, al aproximarse, los realistas levantaron bandera blanca desde la ventana que hay encima de la entrada, pidiendo capitulación, que se otorgó, cuando acto continuo las puertas fueron voladas por un cañonazo con metralla, disparado desde el patio. Los patriotas, naturalmente, ya no dieron cuartel e instantáneamente cargaron; siendo recibidos por un nutrido fuego de mosquetería que se hacía desde puertas, ventanas y todas las troneras de la casa. Sin embargo, esto solamente duró breve tiempo, pues los patriotas entraron en gran número y rápidamente desalojaron al enemigo. Los realistas ya no hicieron más resistencia; la voz de orden era °Sálvese el que pueda! y hacían esfuerzos por salir de la casa con la rapidez posible, pero fueron perseguidos y masacrados por el implacable enemigo. Hay un gran viñedo detrás de la casa por donde huyeron muchos realistas, pero a estar al cómputo más bajo, quinientos hombres perecieron en la hacienda y el viñedo. La linda hacienda de Espejo presentaba un horrible cuadro después del combate; las puertas y ventanas perforadas por balas de mosquete; los corredores, paredes y pisos, con porciones de sesos y coágulos y salpicaduras de sangre, y todo el lugar, dentro y fuera, cubierto de cadáveres. La casa estaba llena con el bagaje del ejército español, y el saqueo fue inmenso. Muchos soldados se enriquecieron durante la acción y es lamentable que varios oficiales atendieran más a sus bolsillos que al éxito de la jornada; ocurrieron algunos casos de rapacidad que ahora no es necesario mencionar; pero la conducta en general de oficiales y soldados fue admirable; combatieron desesperada y entusiastamente, "con corazones por la causa de la Libertad y manos para el golpe de la Libertad".

Parte del regimiento de Burgos se había retirado a una eminencia donde no podía maniobrar la caballería patriota; éstos capitularon y cayeron prisioneros. En el período de la acción, en que el Burgos fue derrotado, mister Barnard y yo (que estábamos en el estado mayor del general San Martín) nos hallábamos a caballo junto a aquel general, cuando el capitán O'Brien regresó de la carga y anunció la victoria. Entonces el general nos pidió fuéramos en busca del coronel Paroissien, cirujano principal de las fuerzas, a quien deseaba ver inmediatamente; en consecuencia recorrimos el campo de batalla en varias direcciones y dimos con un molino, distante media milla a retaguardia del ejército, donde encontramos al coronel entregado a sus deberes profesionales. Se había convertido el molino en hospital de sangre durante la acción y el patio del frente estaba lleno de heridos, principalmente negros, que habían sido recogidos del campo de batalla. El cirujano principal estaba amputando la pierna de un oficial que había sido destrozada por una bala de mosquete, y tenía sus manos cubiertas de sangre. Al transmitirle la orden del general, el coronel (una vez terminada la amputación), escribió un despacho para O'Higgins, en Santiago, pidiéndome me encargara de llevarlo, e informase también al Director que se necesitaban carros y carretas para llevar heridos a los hospitales de la ciudad. El pedazo de papel en que se escribió el despacho, fue recogido del suelo y estaba manchado de sangre. Dejé el molino, galopé para la ciudad y en breve tiempo llegué a la Cañada, gran arrabal en el camino de Valparaíso. Aquél día la ciudad estaba casi despoblada de habitantes, que se habían situado en este suburbio donde estaban esperando con la mayor ansiedad saber: How the sounding battle goes, If for them or for their foes; If they must mourn or may rejoice (1) (1) Cómo va la estrepitosa batalla, si por ellos o por sus enemigos; si deben llevar luto o pueden regocijarse. Al entrar en la Cañada anuncié la victoria gritando con todas mis fuerzas ¡Viva la patria! Y mostré el papel ensangrentado que llevaba para el Director. Apenas hube preferido estas palabras cuando en respuesta se alzó una gritería de la multitud que hizo retumbar el firmamento entero, y el tropel de la gente me envolvió, para obtener más detalles, casi ahogándome con el calor y polvo. Un señor anciano, a caballo, en los raptos de su patriotismo, me echó los brazos y casi me ahogó por el fervor de su abrazo, del que me libré con una maniobra que, debe haber "sentido", tenía de todo menos de simpática. Luego de desprenderme de este grupo, pasé por la Cañada; las campanas repicaban y resonaban el aire con exclamaciones de ¡Viva la Patria! ¡Viva San Martín! ¡Viva la Libertad!

Pero a medida que me aproximaba a la ciudad, la multitud se hacía más densa, y me precipité por una calle excusado en las orillas de la ciudad; después de evitar una trinchera ancha y recién cavada, haciendo un rodeo, galopé a palacio. Encontré las entradas atestadas de populacho del que formaba parte mi sirviente, a quien dejé el caballo y, a empellones, me abrí paso con dificultad hasta la sala de audiencia. Allí tuve la sorpresa de saber la ida del Director O'Higgins al campo de batalla. Fue tan gravemente herido la noche del 19, que los médicos habían opinado que le sería fatal afrontar la fatiga del servicio. En consecuencia permaneció en la ciudad, con unos pocos milicianos, relativamente tranquilo, durante las primeras horas de la mañana; pero así que llegó a sus oídos el cañoneo lejano, su valor impetuoso venció toda otra consideración y, poniéndose a la cabeza de su gente, salió a la carrera de la ciudad para tomar parte en la refriega. Encontré al coronel Fontecilla haciendo sus veces, a quien entregué el despacho, y le transmití el mensaje que me habían encomendado. Saliendo de palacio, me encaminé hacia la casa del doctor Gana, cuya familia se había siempre distinguido por su patriotismo, e indudablemente había sido tratada con serveridad por el tirano Osorio. La madre y sus tres bellas hijas estaban en la mayor ansiedad, pues cuatro hijos aquel día pelearon en el ejército patriota. Al asegurarles a las damas que "La Patria" había arrancado victoria completa, derramaron lágrimas de gozo, pero no sin mezcla, pues el destino de sus hijos y hermanos aún no se sabía. (1) Recibí sus abrazos con sentimiento muy diferente de aquel con que había recibido el feroz que me propinaron en la Cañada. En seguida fuíme a casa para cerciorarme de la situación en aquel barrio. Mi dependiente, español, estaba en la mesa comiendo con varios amigos; habían oído un relato diferente de la batalla y parecían completamente satisfechos del resultado. Primero apoyé la idea y díjeles que sus compatriotas habían triunfado, y se exaltaron de placer; luego agregué que sus compatriotas habían perdido y la transición fue como de la luz del sol a un chaparrón. Después de comer, apresuradamente monté un caballo de refreso, para regresar al campo de batalla. Todas las campanas de las iglesias repicaban y los sacerdotes encendían fuegos artificiales desde las torres. Esta costumbre sudamericana, en los días festivos, y el renglón correspondiente a la pólvora, no es el mínimo en la lista de gastos eclesiásticos. Alcancé mucha gente que se dirigía al teatro de la acción, algunos para buscar a sus amigos y parientes, otros por curiosidad y otros que quizás no habrían deseado hacer públicos sus propósitos. (1) Don Juan Gana, el hijo menor, que era teniente, murió en la acción. Había varios sacerdotes a caballo. Un rollizo fraile dominicano, con hábito, rosario, cuentas, sombrero de teja y toga de bombasí arremangada hasta las caderas, iba al galope. Al preguntarle lo que podía decidir a un hombre de su humilde profesión para visitar una escena de carnicería, me dijo que él era tan óptimo patriota como buen cristiano, y que iba a felicitar a los generales y confesar a los heridos de muerte. Lo dejé en el terreno par aponer en práctica esta piadosa intención.

Aunque escasamente transcurridas dos horas después de la pelea, los huasos del campo (que todo el tiempo habíanse mantenido a caballo rondando apenas fuera de tiro) se ocuparon en desnudar a los moribundos y muertos; en efecto, muchos de los últimos estaban ya desnudos y los nativos se alejaban con los despojos. Vi un hombre retirarse con pillaje cuantioso, entre otras cosas, una docena de mosquetes cruzados en la cabezada del recado; y tengo razones para saber que muchos pobres heridos infelices, especialmente españoles, no obtuvieron juego limpio durante este pillaje impío; mataron a muchos que habrían sobrevivido bastante bien si se les hubiera dejado al "tiempo y costumbre mortal". Me detuve para mirar un cadáver que confundí con el de mi amigo el capitán Sowerby, pero resultó un oficial español del Burgos; tenía perforada la frente de un balazo, y, al lado, se veía un panfletito de que me apoderé, desmontando al efecto; el panfletito y una gran escarapela roja española que encontré sueltas en el suelo, fueron los únicos trofeos que tomé en aquel memorable campo de batalla. Después fui al Callejón de Espejo donde, en la hondonada de una columna, estaban reunidos San Martín y sus jefes. En este momento llegó O'Higgins y su encuentro con San Martín fue interesantísimo. Ambos generales se abrazaron a caballo, y mutuamente se felicitaron por el éxito de la jornada. Los soldados estaban trayendo los oficiales (y tropa) españoles que habían caído prisioneros; entre los primeros se hallaban los generales Ordoñez, primo de Rivera, Morgado, etc. Nada podía exceder al furor salvaje de los negros del ejército patriota; habían llevado el choque de la acción contra el mejor regimiento español, y perdido la mayor parte de sus efectivos, deleitábales la idea de fusilar los prisioneros. Vi un negro viejo, realmente llorando de rabia cuando se apercibió que los oficiales protegían de su furor a los prisioneros. Se formaron dos líneas de jinetes y entre ellas marcharon los prisioneros. Los servicios de mis amigos, Begg y Barnard, y los míos, fueron requeridos en esta ocasión. Nuestra misión era mantener apartados a los soldados e impedirles sacrificar sus cautivos. Adelantaba al paso de mi caballo, y un oficial español que iba a mi lado estaba tan cansado, que apenas podía caminar y me pidió lo subiera en ancas, y ya iba a acceder cuando se opuso el coronel Paroissien, diciendo que solamente expondría la vida de los dos, pues seguramente los negros le harían fuego. Marchamos hasta llegar cerca del molino donde una guardia se hizo cargo de los prisioneros, y regresamos a Santiago mucho después de puesto el sol. Además de los oficiales nativos que han sido ya mencionados en mi relato de la batalla, varios oficiales extranjeros se distinguieron altamente; entre ellos se cuentas, O'Brien, Sowersby, Viel, Beauchef, D'Albe, Low y Lebas. El coronel Manuel Escalada fue despachado a Buenos Aires la noche de la batalla con noticias de la victoria e hizo la jornada por la cordillera y las pampas en el breve término de diez días. También enviamos un chasque para hacer volver a nuestros amigos ingleses de la cumbre de los Andes, donde habían vivaqueado más de una semana. El general Osorio, general en jefe del ejército realista, huyó del campo de batalla como a la una de la tarde escoltado por unos cien hombres; tomó el camino de Valparaíso y pasó por la Cuesta del Prado como a las tres. El activo capitán O'Brien eligió 30 Granaderos a Caballo y se puso a perseguirlo de cerca; informado que los fugitivos habían tomado la ruta del puerto, creyó probable hubieran ido a San Antonio con el propósito de embarcarse en un buque que cruzaba frente a aquel punto; en consecuencia el capitán tomó un atajo por la Cuesta Vieja , y se situó en dirección de Valparaíso.

Osorio, después de franquear la Cuesta Nueva , se había efectivamente detenido en las chozas al pie del cerro, mucho tiempo, para descansar; luego se lanzó a los desfiladeros de las montañas, dirigiéndose al Maule que alcanzó cerca de sus nacientes. El tercer día después de la batalla, propuso a los que lo seguían, en atención a haber disminuido el ardor de la persecución, hacer alto para reposar ellos y los caballos; así se hizo, y mientras sus compañeros dormían, el general eligió diez o doce de sus guardias y, escogiendo los caballos mejores pasaron el río a nado y furtivamente desaparecieron, dejando a los demás compañeros librados a su suerte. Al descubrir el procedimiento traidor de su jefe, el oficial que seguía en graduación se entregó a la fuerza patriota más próxima, y él y sus compañeros fueron enviados a Talca como prisioneros de guerra. Se ha afirmado que, de los seis mil hombre que, formando parte del lindo ejército español, combatieron en Maipú, no pasaron de dos mil los que volvieron a Talcahuano; los demás fueron muertos o prisioneros; por consiguiente, era imposible una victoria más completa. Así terminó la siempre memorable batalla de Maipú que, por la magnitud del número e importancia de sus resultados, excedió en mucho a cualquier batalla librada en el lado occidental de los Andes. La carnicería, considerando el número de combatientes, fue inmensa; de doce mil hombres, tres mil quinientos quedaron fuera de combate. Con esta victoria, la causa independiente se consolidó de modo tan firme, que subsiguientemente llegó a aplastar el poder español en Sudamérica; pues si la acción hubiera favorecido a los realistas, no es dudoso que tanto Perú como Chile, se hubieran mantenido hasta el presente bajo la corona española. La batalla de Maipú preparó el camino para la de Ayacucho que se libró con éxito para los independientes en ele Perú, el 9 de diciembre de 1824, contra doble número de enemigos, y arrancó a España la última porción del antes basto dominio de las Américas.


Editó Gabriel Pautasso
gabrielsppautasso@yahoo.com.ar
DIARIO PAMPERO Cordubensis
5 de abril del Año del Señor de 2009
Con un aporte especial del Lic. GUSTAVO CARRÈRE CADIRANT.

En día de la BATALLA de MAIPÚ QUE CONSOLIDÓ LA INDEPENDENCIA DE CHILE.
SOPLA EL PAMPERO.
¡VIVA LA PATRIA!

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